Crims amb Historia

Modernor ianqui

Modernor ianqui
Modernor ianqui Crims amb Història

Ja fa anys — potser, massa — que tot el que prové dels Estats Units ens enlluerna fins al punt que, per ben grossa, inútil, coenta o salvatge que siga la bestiesa tal, ens arriba impregnada d’una espessa i reverenciada pàtina de modernor. I així, en eixir de les premses el primer número de la revista Museo Criminal (1/1/1904), els redactors no s’estigueren d’incloure-hi un petit reportatge en què es descrivia d’una manera detallada l’innovador mètode d’aplicació de la pena capital que practicaven en aquell país, considerat el súmmum del progrés: la cadira elèctrica.

Museo Criminal, 1/1/1904

Transcripció:

La pena de muerte en los Estados Unidos

En los Estados Unidos, la muerte de los condenados se verifica por medio de la electricidad, y por eso, en vez de ejecutar, se dice electrocutar al reo.

Siendo este procedimiento novísimo, como todo lo yanqui, estamos seguros de que a los lectores del Museo Criminal han de interesar los detalles de la electrocución.

La instalación consta de una máquina de vapor fija y una dinamo que proporciona una corriente capaz para 160 lámparas eléctricas de 16 bujías. La dinamo gira con una velocidad de dos mil setecientas vueltas por minuto. Los accesorios son: un voltámetro, un amperímetro para corrientes alternativas, una serie de bobinas y una campanilla eléctrica, que pone en comunicación la cámara mortuoria con la sala de máquinas.

Cada electrodo lleva una campana de caucho de diez centímetros de diámetro. El conductor termina en un disco de cobre de siete u ocho centímetros de diámetro, recubierto de una esponja húmeda.

El aparato de suplicio es, sencillamente, un sillón fijo en el suelo, provisto de correas convenientemente dispuestas para sujetar al reo, de tal suerte que se le impida todo movimiento. A este propósito, se le sujetan las piernas y los brazos con correas y se le pasan otras por el torso, para que la espalda quede pegada al respaldo del asiento. De esta manera queda asegurado el contacto de la columna vertebral del paciente con el electrodo inferior, que termina en un resorte en espiral para hacer más íntima la unión a la parte donde se ha de aplicar la poderosa corriente eléctrica.

Dispuesto todo para la electrocución, y presentes los magistrados, médicos y testigos que marca la ley, se procede a la colocación del reo en el sillón, en la forma indicada. Concluidas estas operaciones, el juez toca el botón de la campanilla eléctrica, anunciando al departamento de máquinas que ha llegado el momento de cumplirse la fatal sentencia.

El maquinista hace girar el conmutador, y la terrible corriente invade todo el organismo del reo, que, terriblemente sacudido, se agita un instante haciendo crujir sus ligaduras de cuero. Durante unos minutos reina profundo silencio en la lúgubre estancia. La campanilla vuelve a sonar, el conmutador gira, la corriente cesa. Los médicos se acercan al sillón, desligan aquel cuerpo inerte y declaran que el hombre ha muerto. Se extiende el acta, la firman los presentes y todo ha concluido: la ley está cumplida.

El espectáculo de la muerte es siempre triste, aun cuando sea en nombre de la ley, y la electrocución apena tanto como cualquier otro género de suplicio. Es un medio bien moderno, muy científico, muy en armonía con las ideas dominantes en el Nuevo Mundo; pero, a pesar de todo, aquella complicación de máquinas y aquella mise en scène es larga y dolorosa.

Verdad es que el espectáculo no es tan repugnante como el de nuestra horca; verdad es que no hay efusión de sangre como en la guillotina; pero, desde el punto de vista del humanitarismo, la electrocución dista mucho de ser el ideal, pues según respetables opiniones facultativas, la muerte no es instantánea, y el reo siente durante unos cuantos segundos las horribles convulsiones de la corriente eléctrica, que sacude brutalmente todo su ser.

Actualmente se están haciendo estudios para perfeccionar el procedimiento, esperando lograr la absoluta insensibilidad del reo.

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