Crims amb Historia

“Como ahorcan los ingleses” (I)

Fulletons i relats per entregues 1

“Como ahorcan los ingleses” (I)

Els relats per entregues foren un fenomen literari que inundà les publicacions periòdiques del segle XIX. Aquests textos narratius apareixien fraccionats en capítols o seccions successives, fet que mantenia l’interés del lector a través d’estratègies com ara els finals en suspens o la revelació progressiva de la trama. Aquest format de difusió literària respongué a diverses circumstàncies socials i econòmiques de l’època. D’una banda, l’expansió de l’alfabetització i l’aparició d’una burgesia urbana delerosa de lectures accessibles crearen un mercat editorial en plena transformació. De l’altra, la premsa periòdica, en ple procés de consolidació, necessitava continguts atractius que fidelitzaren els lectors i garantiren les vendes regulars. Així, els relats per entregues oferien avantatges tant per als editors com per als lectors. Per als primers, suposaven una font d’ingressos estable i una estratègia comercial eficaç per mantenir el públic fidel a la publicació. Per als lectors, representaven una forma econòmica d’accedir a la literatura.
Quant als temes i gèneres, la varietat era immensa: des de novel·les sentimentals i fulletons melodramàtics fins a narracions d’aventures, relats de misteri, reportatges de viatges o, pel que ara ens interessa, cròniques de successos criminals. En efecte, foren especialment populars les històries basades en fets reals, com ara processos judicials crims que havien captat l’atenció pública, que combinaven l’atractiu del periodisme amb els recursos de la ficció literària.
El cas que ens ocupa, Como ahorcan los ingleses, exemplifica perfectament aquesta modalitat narrativa. Publicat a Las Provincias en dues entregues (1 i 2 de gener de 1876), el text narra detalladament el procés judicial contra Henry Wainwright, acusat de l’assassinat de Harriet Lane a Londres el 1875. La narració s’estructura de manera que la primera entrega conté la detecció del crim, la investigació policial i el judici, mentre que la segona se centra en l’execució de la sentència i les reflexions finals. Al llarg de tot el text, el redactor aprofita per a remarcar les diferències entre els models de justícia britànic i espanyol, que considera ineficaç, excessivament burocràtic i lent.

Trasnscripció

Cómo ahorcan los ingleses

I

El 11 de septiembre del corriente año, sobre las cinco de la tarde, subía a buen trote por la calle de South Wark, en Londres, un caballo castaño oscuro que tiraba de un ligero faetón. En la delantera iba guiando un hombre de buena presencia, un gentleman de larga y negra barba, ya su lado izquierdo veíase a una joven rubia, que aquí llamaríamos una belleza, pero que para los ingleses, acostumbrados a alabastrinos rostros, ojos de cielo, cabello de oro y labios de coral, era un tipo común y vulgar, de los miles y miles que suben y bajan por las calles de Regent y de Oxford.

Por la acera derecha, corría un joven como de veinticinco años, cual si pretendiera seguir de cerca el coche; iba jadeante y cubierto de sudor, y sin detenerse en su carrera llamaba, como en su auxilio, a cuantos policías descubría a su paso. Los policías, no obstante, le veían pasar sin cuidarse de sus voces ni de sus gestos, porque todos creían, y así lo declararon luego, que el joven en cuestión era uno de tantos inspirados por el aguardiente, que tienen derecho a correr, a saltar y dar voces por las calles de la gran metrópoli, mientras, usando de su libertad, no lastiman el derecho ajeno.

El faetón se detuvo frente al Banco en la calle de South Wark, y deteniéndose también el joven, y sin dejarse ver del caballero del coche, acercóse a un policía y le dijo a duras penas, pues le faltaba aliento: Arreste usted a ese hombre; respondo de que lleva en el coche unos bultos sospechosos. Aquella vez la policía hizo caso.

El caballero del coche, que desde ahora llamaremos Enrique Wainwright, descendió lentamente del vehículo con un paquete en la mano y abrió la puerta del cuarto bajo. La joven rubia que le acompañaba quedó sentada en el pescante. ¿Qué lleva usted en ese paquete? preguntó el policía a Wainwright.

¿A usted qué le importa? contestó el interrogado protestando con su severa respuesta de la que él creía una extralimitación del agente de orden público.

Sospecho, dijo el policía con la calma y urbanidad de que nunca prescinden aquellos fieles servidores del pueblo inglés; sospecho, dijo, que lleva usted en la mano algo que no debe usted llevar, y que me da derecho a interrogarle. La policía inglesa tiene un instinto prodigioso y sabe usar ciertas frases y leer en el rostro de las personas el efecto que producen.

Wainwright perdió su aplomo en el instante, y turbado, y olvidando lo que vale y significa un policía inglés, le dijo: “Déjeme usted marchar, no diga una palabra más y le daré 200 libras (1,000 duros)”.

La contestación del policía fue apoderarse del paquete, llamar a otros compañeros en su ayuda, arrestar a Wainwright y a la joven que le acompañaba, y posesionándose del vehículo, dirigiéronse todos a la más próxima inspección.

Registrado el carruaje, se encontró en él otro paquete, y abiertos ambos por el inspector, en presencia de otros individuos de aquella honrada institución, resultaron contener unos cuantos pedazos del cuerpo de una mujer, muerta, al parecer, hacía ya mucho tiempo, y en un estado de momificación.

Todavía no aparece aquí el juez ni el escribano. El escribano no aparecerá nunca. La policía sola funciona, y con su propia autoridad procede. No vemos brotar lo que nosotros llamaríamos la oportuna sumaria. El juzgado no entiende en el asunto… como habría dicho La Correspondencia de España, aunque luego resultara que nadie llegaba a entender ese lío judicial que se llama causa y cuyos efectos consisten las más veces en escribirse miles de folios, que más enturbian la verdad mientras más se remueven, como sucede con las aguas sucias.

El inspector de policía empezó la sumaria en su cartera de bolsillo, tal vez frente a la página en que tenía apuntadas las ropas dadas a su lavandera. No usó papel de oficio ¿Oficio de qué? Allí tomó sus notas, el nombre de los detenidos y las señas de su casa. La joven se llamaba Alice Day, y era bailarina de un teatro.

II

Sin más datos que los que voluntariamente dieron los detenidos (que pudieron no dar ninguno, pues a tanto alcanza la libertad del ciudadano inglés), empezó sus pesquisas la policía por aquella inmensa ciudad que encierra cuatro millones de habitantes. A las veinticuatro horas de ocurrir este acontecimiento, sin la intervención del juzgado, sin que ningún escribano diera vuelo a su mágica pluma, sin tomar declaración a los detenidos, que nunca son interrogados en causas de este género, a las veinticuatro horas la policía había hecho los siguientes descubrimientos. La historia del crimen, casi completa, estaba escrita en la cartera del bolsillo del inspector.

Enrique Wainwright era un hombre de exquisita educación, fino, afable, bien relacionado y mejor reputado, rayaba en los cuarenta años, era casado y se dedicaba a la fabricación de cepillos en gran escala, con almacén abierto en la calle de Whitechapel Road.

El joven que dio aviso a la policía, y que hoy recibe plácemes de todo el mundo, y será largamente gratificado, se llama Stokes, y dijo que, al pasar por el almacén del detenido, pidióle este que le ayudase a meter en su coche unos paquetes: consintió en ello, y en un momento en que se encontró solo con uno de los bultos en la mano, impresionado con el mal olor que despedía, abrió un poco la envoltura, y encontró que contenía una cabeza humana.

El lector ya sabe lo demás. Partió el coche a buen trote y Stokes lo siguió mucho tiempo con una rapidez que asombra. Ya hemos visto cómo dio parte a la policía, sin dejarse ver de Wainwright.

Examinado el almacén de Wainwright, encontróse debajo del piso de madera, en el cuarto bajo, una sepultura vacía. La policía, sin pasar oficio al arquitecto, para que obrara en autos la diligencia y el planito de rigor pintado a varias tintas, examinó la fosa, la midió y tomó apuntes en su cartera, recogió cuidadosamente cuantos objetos útiles, a su juicio, encontró en la sepultura, e hizo más, cernió la tierra, lo separó y clasificó todo, y no lacró ni selló nada, sino que se fue guardando en el bolsillo aquellos preciosos objetos, que tan importante papel han hecho en el esclarecimiento del crimen.

Entre los objetos que nosotros llamaríamos ocupados, según nuestra fraseología forense, había los siguientes: Una cinta estrecha de terciopelo, como las que llevan al cuello las mujeres. Otra más ancha para adorno del cabello. Un armador o relleno para el peinado. Unos cuantos botones de azabache. Un par de botas de mujer. Un pedazo de velo. Un par de pendientes. Dos anillos y algunas otras cosas. La sepultura contenía una gran cantidad de cal. En el escritorio de Wainwright se hallaron un revólver y algunas balas que venían bien a su calibre, y que resultaron ser iguales a otras dos encontradas por los médicos dentro del cráneo de la víctima. Mientras en esto se ocupaba una sección de policía, otra ponía en orden los pedazos del cadáver hallados en poder de Wainwright y los colocaba cuidadosamente en una caja de madera que cubrió con un grueso cristal. El cadáver resultó ser el de una mujer como de treinta años.

III

¿Quién era la víctima? ¿Quién había sido el asesino? ¿Cuál era la historia de aquel crimen horrible? Todo estaba ya indicado en la cartera del inspector. La policía tenía todos los hilos en su mano. La historia estaba completa a las veinticuatro horas, y las pruebas y los testigos ya dispuestos para empezar el juicio ante el jurado.

Enrique Wainwright había conocido a una joven de respetable familia, llamada Enriqueta Lane. Aunque de padres acomodados, Enriqueta había querido ir a Londres to go into business (para emprender algo). Es la traducción de esa frase sacramental de aquel pueblo que trabaja, y que porque trabaja es grande, rico y fuerte. Eligió el oficio de modista para establecerse más tarde por su cuenta, cuando hubiera adquirido los conocimientos y la práctica necesarios. Wainwright, haciéndose pasar por soltero, la enamoró, y andando el tiempo, resultaron dos niños, fruto de aquellos amores. Enriqueta mudó de domicilio, y considerándose ya la mujer de Wainwright, llamábala todo el mundo Sra. King, pues su amante fingió llamarse así.

La pobre joven exigía a menudo, al que creía ya su esposo, que legitimara la unión en que vivían, y el seductor siempre encontraba pretextos para posponer la ceremonia, que tanto ansiaba la víctima.

Wainwright, que había siempre atendido con largueza a las necesidades de su familia ilegítima, encontraba ya dificultades para cumplir tan sagrados compromisos, porque sus negocios iban mal.

Enriqueta y sus hijos, vivían huéspedes en casa de una señora que dijo llamarse miss Willmore, y que luego ha resultado tener otro nombre, no queriendo dar el verdadero, por pertenecer a una familia respetable y repugnarle que su apellido figurase en tan horrible historia.

Miss Willmore, que así la llamaremos porque así lo ha querido ella, reclamaba su hospedaje, y ella y la Enriqueta escribían y visitaban a menudo con ese objeto a Wainwright, que a duras penas veía de vez en cuando a su supuesta esposa.

Por este tiempo descubrió Enriqueta el engaño en que vivía, averiguando el verdadero nombre y estado del seductor. Los dependientes de la casa declararon que un día oyeron a Enriqueta que amenazaba a Wainwright con declarar a su legítima mujer todo lo sucedido. Wainwright se encontraba, pues, en una situación comprometida. Esta es la clave del horroroso crimen. Había quebrado, y una mujer lo apremiaba por dinero; con justicia le echaba en rostro su infame proceder para con ella, y le amenazaba con turbar la paz de su familia. Wainwright veía próxima su ruina moral y material, y sentía sobre su cabeza la espada de la ley, que es en Inglaterra siempre severa, pero inexorable, cuando se trata de proteger la honra de una mujer contra la villanía de un hombre.

IV

Estos sucesos ocurrían sin ruido, sin escándalos. Los ingleses se dicen estas cosas al oído, Jamás hablan de sus asuntos sino lo preciso y con las personas con quienes tienen necesidad de hablarlos. Los ingleses gesticulan poco; no chillan, no manotean. Los hombres se insultan sotto voce, con las manos metidas en el bolsillo, hasta que llega el momento oportuno de usar de los puños.

Todo esto pasaba en silencio, como hemos dicho, entre Enriqueta, Mrs. Willmore y Wainwright, que cambió repentinamente de conducta, visitando a menudo a Enriqueta, y facilitándole cuanto necesitaba para su subsistencia.

Un día apareció en la escena un nuevo personaje, llevado a casa de Enriqueta por Wainwright, que lo presentó con el nombre de Frieake, y dijo ser su íntimo amigo, dedicado a la venta de muebles.

Wainwright había propuesto a Enriqueta que pusiese casa, y su amigo Frieake iba a entenderse con ella para la elección de muebles. Mientras se encontraba casa, Frieake visitaba a menudo a Enriqueta y le instaba a salir con él, y de vez en cuando los acompañaba Wainwright, y juntos almorzaban o comían en algún restaurant. Así lo ha declarado el fondista.

Un día anunció Wainwright que ya tenía la casa preparada, y Enriqueta se despidió de la Willmore, dejándole los niños a su cargo, porque, por razones que no son del caso consignar, no le convenía presentarse con ellos en la nueva casa.

Pasaron algunos días, y Mrs. Willmore extrañaba con fundamento, que Enriqueta no solo no fuese a ver a los niños, de quien era cariñosa madre, sino que ni siquiera le escribiese una palabra, cuando tan amigas eran.

Sucedió lo que era natural: la Willmore fue a ver a Wainwright, y este le contestó que Enriqueta se había ido a un pueblo vecino por unos días. Continuaba el silencio de Enriqueta y crecía la extrañeza y ansiedad de la Willmore, hasta que Wainwright le declaró un día, que la joven se había enamorado de su amigo Frieake, y juntos se habían escapado a Francia. Para dar fuerza a su aseveración, presentó un telegrama y una carta firmados por Frieake, diciéndole que se llevaba a Enriqueta para hacerla su esposa, pero que le había impuesto como condición indispensable, que había de romper toda clase de relaciones con sus antiguos amigos, y aun con su propia familia. Los hijos de Enriqueta, decía la carta de Frieake, quedarán a cargo de usted, puesto que es su padre, y ya veremos más tarde si conviene traerlos al lado de su madre.

Así quedó explicada la desaparición de Enriqueta Lane, y en verdad que parecía un feliz desenlace, conveniente a todos.

Un año justo había transcurrido desde que tuvieron lugar estos acontecimientos. Los negocios de Wainwright, si no habían mejorado mucho, le permitían al menos seguir en su industria. La casa de la calle de Whitechapel, donde vivía Wainwright, había pasado a nuevo dueño, y este se veía en la necesidad de abandonarla para mudarse a la calle de South Wark, donde por vez primera lo encuentra el lector acusado por Stokes, y detenido por la policía con los pedazos de un cadáver en su poder.

Sin la coincidencia de la mudanza, el crimen tal vez no se hubiera descubierto nunca; pero la casa se había vendido, el nuevo dueño iba a reedificarla, y al levantarse el piso de madera, debía necesariamente descubrirse la sepultura. Hay que añadir que los dependientes y vecinos de la casa venían quejándose de la fetidez que de aquel cuarto salía. Wainwright hizo lo que no podía menos de hacer: desenterrar el cadáver, hacerlo pedazos para no llamar la atención, empaquetarlos separadamente, y llevarlos a su nuevo almacén para enterrarlos allí…

Todo esto es lo que se desprende de la causa, porque Wainwright ni el cómplice, de que luego hablaremos, han declarado una sola palabra. En Inglaterra nadie tiene derecho a exigir a un acusado que declare en su propio daño.

V

Acompañemos nuevamente a la policía, y veremos lo que por sí sola descubre.

Los pedazos del cadáver estaban envueltos en una tela llamada Americana; la policía descubrió, entre los millares de tiendas donde se venden en Londres telas exactamente iguales a la que en la causa figura, aquella en que se había comprado el día antes el mismo número de varas que resultaban contener los distintos pedazos que servían de envoltura.

¿Quién compró esa tela? preguntaba la policía al dependiente.

Un hombre en el cual no me he fijado, le contestaba el vendedor.

Pero para la policía inglesa nada hay imposible. De igual manera se descubrió una tienda donde se habían comprado diez varas de cuerda, y medidas las que ataban los paquetes, resultaban ser el mismo número de varas que las vendidas. Así se descubrió dónde se compró un hacha con que se había hecho pedazos el cadáver, y el almacén donde hacía próximamente un año que se había comprado la cal usada en la sepultura.

A las cuarenta y ocho horas la policía se había apoderado de un hermano de Wainwright, llamado Tomás, y demostrado extrajudicialmente que era él quien había comprado la cal, la tela, la cuerda y el hacha. Más aún, la policía tenía en su poder la carta y el telegrama en que Frieake anunciaba que iba a hacer esposa suya a la infeliz Enriqueta, y con la cual se marchaba a París, y descubrió igualmente que el amigo presentado por Enrique Wainwright con el nombre de Frieake en casa de la Willmore, no era otro que su hermano Tomás, de cuyo puño y letra resultaba ser la carta y el original del telegrama del imaginario Frieake. Tomás era, pues, cómplice en el asesinato o encubridor del crimen.

En la cartera del inspector estaba toda la causa. En sus bolsillos pruebas de gran importancia. La policía había celebrado varias conferencias con la Willmore, cuya existencia pudiéramos decir que adivinó, y por ella se puso en relación con los parientes y amigos de la víctima.

Antes que empezase a funcionar el tribunal estaba hecha la identificación del cadáver. Los médicos, llamados por la policía, declararon que aquel era el cadáver de una mujer de la edad y estatura de Enriqueta. Su familia la reconoció por la pequeñez de sus pies y sus manos, por el único diente careado que tenía en su hermosa dentadura, por la abundancia y color de su pelo, por una herida que desde niña tenía en una pierna, y por otras señales de su cuerpo.

La Willmore había presentado botones compañeros de los hallados en la sepultura, y que aún se conservaban en la cesta de labor de la Enriqueta, y ella, la modista y otras personas reconocieron los pendientes, las sortijas, la armadura del pelo y las cintas de terciopelo, declarando que pertenecían a Enriqueta Lane.

La policía entregó al juez, juntamente con el cadáver, la relación de los testigos que debían ser examinados, y el inspector vació sobre la mesa del jurado las pruebas que llevaba en el bolsillo.

Desde aquel momento empezó el tribunal a entender en el asunto, y tan bien ha entendido, que ha hecho que todo el mundo lo entienda perfectamente. El jurado declaró responsable del crimen a Enrique Wainwright y cómplice a su hermano Tomás. El primero fue sentenciado a muerte, y el segundo a siete años de prisión.

VI

Hemos titulado esta ligera y desaliñada relación Cómo ahorcan los ingleses; pero antes creemos conveniente decir algunas palabras, para que aquellos de nuestros lectores que no estén familiarizados con las cosas de los ingleses (que ellos también tienen cosas y bien gordas) vean cómo juzgan los ingleses y cómo sentencian los ingleses.

La primera diligencia es formar el jurado y aislarlo. Mientras dura la causa, el jurado está incomunicado. Es un servicio nacional y patriótico de que se enorgullecen los ingleses. Los testigos reciben una justa retribución por el tiempo que consagran al servicio de la justicia. No hay razón para que el juez y los demás funcionarios que administran justicia reciban un salario, y se niegue esa misma retribución al pobre obrero que abandona su trabajo en servicio de la sociedad.

Un empleado de Hacienda anda siempre cerca con la bolsa abierta pagándolo todo en el acto. No se forma expediente. Esa injerencia del ministro de Hacienda no lastima la susceptibilidad de su colega el de Justicia, y no se entabla competencia por ello. Hay allí mucho que trabajar y se trabaja.

Cualquiera creerá que no formándose el necesario expediente para abonar los crecidos gastos que una causa ruidosa origina en Inglaterra, se cometerán defraudaciones. Nada de eso ocurre; y si ocurriera, que hombres son para pecar y pecan, la nación en masa pediría el castigo, y el castigo vendría sin medir el calibre del delincuente.

Cuando se comete uno de esos crímenes en Inglaterra, todo el mundo ayuda a la justicia desde el primer momento. Felizmente, allí no hay secretos todo se dice en alta voz y a puertas abiertas; todo se juzga a la manera que lo hace el célebre Tribunal de las Aguas en Valencia. Cada cual dice lo que sabe, y no teme decirlo, porque la justicia en Inglaterra agradece y recompensa a quien le ayuda.

Stokes, el joven que dio aviso a la policía, no ha sido ni aun siquiera detenido. En otro país andaría envuelto en las mallas del sumario hasta llegar al plenario, y probablemente sufriendo una larga detención que nadie le indemnizaría.

La bailarina Alice tuvo bastante con la declaración de Stokes, que dijo que al partir Wainwright, llegó ella a hablarle, y la invitó a subir al coche para oírla por el camino, y a las veinticuatro horas estaba ya en su casa, con su indemnización en el bolsillo.

El tribunal, como hemos dicho, no ha hecho una sola pregunta a los acusados. Más aún: el defensor, que no se separa un momento de su defendido, en más de una ocasión se ha opuesto a que se hicieran ciertas preguntas a los testigos, porque hasta esas evidencias tienen su limitación en aquella tierra clásica de la libertad, y el juez ha mandado retirar la pregunta. Y ¿cómo puede administrarse justicia de ese modo? dirá, arrugando su ceño de vinagre, algún asustadizo magistrado educado en las corruptelas de nuestra antigua curia. Compárense los métodos con sus resultados, y dígase luego dónde anda más recta la vara de la justicia; dónde hay menos impunidad; dónde se reparte más por igual la ley, sin consideración a clases ni castas; dónde está la pena más cerca del delito.

Los excéntricos ingleses no entienden, ni entenderán nunca, que necesite un tribunal once años para descubrir que un hombre, conocidamente honrado, es inocente del crimen por que haya sido puesto preso; y ni entienden ni entenderán nunca, que después de once años de proceso, escrito en millares de hojas, se eche ese hombre a la calle como si fuese un perro, sin que nadie le diga usted dispense, por los atropellos y malos tratos injustamente sufridos.

Pero volviendo a los hermanos Wainwright, nuestros lectores se admirarán al saber, que han asistido diariamente a la causa, perfectamente vestidos y acicalados; no se les ha atado codo con codo; nadie les ha dirigido la menor palabra inconveniente; han tenido libertad para hablar con todo el mundo, y durante el juicio han estado escribiendo apuntes, que un ordenanza pasaba a sus defensores.

Concluido el examen de los testigos, hechas la acusación fiscal y las defensas, retiróse el jurado, que al cabo de una hora apareció para pronunciar solemnemente su veredicto por boca de su presidente.

El juez: Caballeros del jurado, ¿están ustedes de acuerdo respecto al veredicto?

El presidente: Estamos de acuerdo.

El juez: ¿Consideran ustedes a Enrique Wainwright culpable o no culpable en la acusación que se le hace de ser el asesino de Enriqueta Lane?

El presidente: Lo encontramos culpable.

El juez: ¿Ha dicho usted que es culpable?

El presidente: Eso es lo que he dicho.

El juez: ¿Consideran ustedes a Tomás Wainwright cómplice de ese asesinato, y en ese caso, creen ustedes que lo ha sido antes o después de cometerse el hecho?

El presidente: Lo consideramos cómplice, después de cometido el crimen.

(Se concluirá.)

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