Crims amb Historia

"Como ahorcan los ingleses" (II)

Fulletons i relats per entregues 2

"Como ahorcan los ingleses" (II)
"Como ahorcan los ingleses" (II) Crims amb Història

A l’entrada anterior, publicàrem la transcripció de la primera part del relat per entregues que havia publicat Las Provincias l’1 de gener de 1876. En aquesta, n’oferim la segona part, que es publicà l’endemà, 2 de gener de 1876.

Només destacarem ara dues referències del redactor del periòdic valencià. La primera, la crítica al sistema judicial i de presons espanyol, per comparació amb el sistema anglés, que l’autor idolatra. I una de les qüestions que critica celadament —sempre per comparació amb la “pulcritud assenyada” dels britànics— són les execucions públiques, que al segle XIX encara eren motiu de festa a la València del redactor de Las Provincias:

Wainwright estaba ahorcado. No se formó el cuadro. No hubo puestos de buñuelos ni de aguardientes.


L’altra referència que volíem destacar és l’escenari de l’ajusticiament, la presó londinenca de Newgate. Ho fem només per constatar la tradició anglesa dels estudis sobre criminalitat, amb la conservació i digitalització de publicacions com Newgate Calendars of Prisoners 1782–1931 o England and Wales Criminal Registers 1791–1892, Old Bailey Proceedings 1740–1913, o projectes com English Crime and Execution Broadsides o Connected histories, entre molts altres. A través d’aquests projectes i publicacions, podem reconstruir i estudiar casos com el de Henry Wainwright per a adonar-nos que, tot i l’espai reduït de què disposava, el redactor de Las Provincias feu un relat bastant detallat i acurat dels fets. Al pòdcast Crims amb Història (disponible a Ivoox i Spotify), dedicarem una sèrie de capítols breus a alguns casos extrets d’aquestes fonts a què ens referíem.

Transcripció

Un asistente colocó sobre la cabeza del juez un enorme bonete negro y puso sobre su silla un cojín de lana. Sin esos apéndices no sería válida la sentencia. Aquel pueblo tan serio tiene costumbres que parecen juegos de niños. Así preparado, preguntó el juez al acusado Enrique si tenía algo que decir para que no se pronunciase contra él sentencia de muerte. Fórmula que se repite siempre, y que en ciertos casos ha dado lugar a una ampliación del juicio. Enrique, sin perder su aplomo y serenidad, dio las gracias a todos por las consideraciones con él tenidas, y con voz firme declaró solemnemente:

1. Que en su vida había disparado un arma de fuego.

2. Que no había enterrado ni desenterrado el cadáver cuyas porciones se habían encontrado en su poder.

3. Que era inocente del cargo de asesino que se le hacía.

El juez levantó la mano derecha, indicando de ese modo que iba a pronunciar la sentencia de muerte, y el acusado y su hermano, así como la concurrencia, que era grande, se pusieron de pie. En medio de un silencio profundo, dijo el juez:

— Enrique Wainwright, un jurado, compuesto de ciudadanos imparciales y honrados, considera a usted culpable del crimen horrible de que fue usted acusado. En mi juicio, el veredicto del jurado es justo. Ha tenido en cuenta todas las razones y pruebas aducidas por su defensor. Usted ha tenido tiempo y completa libertad para defenderse. La sepultura estaba en casa de usted, allí se ha encontrado el hacha con que se ha hecho pedazos el cadáver de esa desgraciada mujer, madre de los que son hijos de usted. En poder de usted se han encontrado pedazos de ese cadáver. Todas las pruebas se han hallado en su casa y todo dice que usted debe responder de ese crimen espantoso. Al cumplir mi penoso deber, siento que a las puertas de la muerte insista usted en llamarse inocente. Si hay en su corazón algún resto de esperanza, deséchelo usted, para casos como el presente no hay misericordia, el tribunal no la aconsejará. Enrique Wainwright, en nombre de la ley y en presencia del jurado, declaro, que de este sitio sea usted conducido a la prisión de donde ha venido, y desde esa prisión al sitio legal donde ha de ser usted ajusticiado, y que en aquel sitio sea usted colgado por el pescuezo hasta que esté usted muerto (Hanged by the neck until you shall be dead) y que su cuerpo sea después enterrado dentro del recinto de la prisión donde ha estado usted confinado. ¡Que el Señor tenga misericordia de su alma!

El voceador (Crier): — ¡Amén!

Seguidamente se pronunció sentencia contra el hermano Tomás, condenándolo a siete años de prisión. Ambos desgraciados, de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho y la frente inclinada al suelo, oyeron humildemente el terrible fallo. Más que un tribunal, parecía aquella reunión una asamblea cristiana, oyendo las oraciones de un ministro venerable. Los sentenciados dijeron adiós a sus amigos, y conducidos por cuatro celadores de la prisión, sin sables ni revólveres, volvieron a su encierro.

VII

El lector se habrá fijado en las expresivas palabras del juez al pronunciar la sentencia de muerte. “Será usted colgado por el pescuezo hasta que esté usted muerto, y su cuerpo será después enterrado dentro del recinto de la prisión donde ha estado usted confinado”.

Los ingleses todo lo hacen con su cuenta y razón. Hasta lo del gorro y el talego de lana tiene su filosofía, que ahora no es del caso explicar. Los ingleses no tienen palabra para expresar la acción de ahorcar. La palabra colgar se aplica a todo. Cuelgan la ropa, cuelgan el sombrero y la fruta, y cuelgan también los condenados a muerte. Dijo una vez el juez a un Sheriff que colgara a un condenado, y el Sheriff lo colgó de un brazo, dio por ejecutada la sentencia y mandó el hombre a su casa. Los legisladores ingleses entienden poco de sofismas: son esclavos de la letra. La letra dice eso, y eso se hace. Se declaró en aquel caso que el Sheriff había cumplido el mandato de la ley. Corrigióse la redacción del texto, y en lo sucesivo se dijo que el reo fuese colgado por el pescuezo. Pero sucedió en otro lance, que cumpliéndose la sentencia, saltó la cuerda, el reo cayó al suelo con vida, y el Sheriff lo ayudó a levantarse, le pasó cariñosamente la mano por el cuello, y lo mandó a su casa. La sentencia se había cumplido: el hombre había sido colgado por el pescuezo. Desde entonces parecen tapadas todas las salidas, y el texto de la ley dice hoy que se cuelgue al reo por el pescuezo hasta que se muera, y más aún, que lo que resulte de esa operación, se entierre dentro de la cárcel.

El Sheriff, que es una de las más respetables autoridades en Inglaterra, es por su cargo el brazo de la ley. La policía le está subordinada: él prende o hace prender, embarga, remata, ahorca o hace ahorcar. Si no encontrase un hombre que se alquilara para ahorcar, tendría con sus propias manos que dar cumplimiento al fallo del tribunal. Así sucede en los Estados Unidos. El reo llega al patíbulo con la cuerda al cuello. Un empleado de la cárcel une el cabo del dogal al otro extremo, que cuelga de un pescante; el Sheriff, con la punta de su espada, toca un resorte, húndese la parte del tablado en que de pies aguarda el reo el momento fatal, y cae el hombre, desapareciendo de la vista del público.

Sentenciado Wainwright, quedó responsable de su persona y del cumplimiento de la sentencia el Sheriff de Londres. Dio recibo de aquel individuo como pudieran darlo de un mueble.

El juez fijó el día 21 del corriente, de ocho a diez de la mañana, para que se ejecutase la sentencia, y durante veintitrés días ha aguardado el culpable el momento fatal de su expiación. En ese tiempo, que ha sido corto comparado con lo que es costumbre en Inglaterra, Wainwright ha arreglado sus negocios con la calma que un comerciante hace su liquidación. Diariamente ha asistido a los oficios divinos en la capilla de la cárcel, y se le ha permitido conferenciar con su familia y con algunos amigos, siempre en presencia del celador, que no se ha separado del reo un solo momento ni de día ni de noche.

VIII

El 21 de este mes era el señalado para la ejecución. Wainwright pasó el día anterior tan tranquilo y sereno como lo ha estado desde que se pronunció su sentencia. Acostóse a las nueve de la noche, se despertó a las doce, leyó devotamente algunos salmos, oró y volvió a dormirse hasta las seis de la mañana. A esa hora escribió una larga carta al gobernador de la prisión, dándole gracias por sus bondades, reconociendo la justicia del fallo, aunque sin confesarse autor del delito, y declarando que moría cristianamente confiado en la misericordia divina, que salvaría su alma.

En uno de los ángulos de uno de los patios de la prisión llamada Newgate, veíase una especie de cajón de madera, y en su centro, colgando del techo, unos cuantos eslabones de una cadena de hierro. Ese era el patíbulo. A distancia de quince pasos había una valla de madera para impedir que se acercasen demasiado los invitados a tan terrible ceremonia. Dos policías estaban a la puerta de la prisión y otros dos se paseaban por la acera para impedir la aglomeración de curiosos, que en verdad eran pocos. Era día de trabajo y el pueblo trabajaba ya.

Los periodistas y otras personas que lo solicitaron, recibieron un pase del Sheriff. Cien personas escasas, en medio del más imponente recogimiento, se habían congregado allí para presenciar los últimos momentos del condenado.

A las ocho en punto, un empleado de la cárcel cruzó el patio, y abrió una puerta próxima al patíbulo.

La comitiva venía. Los concurrentes se descubrieron todos. El primero en aparecer fue un hombre de aspecto venerable, de modales finos, perfectamente vestido, grave, serio. Así lo describe el periódico de donde tomamos estos últimos detalles que tenemos: era el verdugo.

El verdugo inglés no es un funcionario público, es un hombre que entre otros negocios, tiene el de ahorcar, cuando lo llaman. El Sheriff lo emplea para que haga por su cuenta una de sus funciones, que él repugna practicar.

Tiene alguna otra manera de vivir: cuando se presenta uno de esos jobs, cuando le cae un champ de ese género, lo hace, y luego vuelve a su oficio.

Tras el verdugo iba el gobernador de la prisión, y a su lado el desgraciado Wainwright acompañado del capellán. El reo llevaba los brazos cruzados sobre el pecho, y cuidadosamente sujetos al cuerpo. Siempre tranquilo y sereno, aunque muy pálido, marchaba con paso firme, fija la mirada en el suelo y dejándose guiar como un niño. Seguían detrás del reo el Sheriff y dos undersheriff, y luego el médico de la prisión. Era tanto el recogimiento, tanta la compostura de los que formaban aquel fúnebre grupo, que ni aun el ruido de las pisadas se sentía. Solo la voz del ministro se hacía oír clara y vibrante, recitando los salmos que sirven de consuelo para el alma creyente y fortaleza para el cuerpo de la víctima.

Wainwright fue colocado debajo de la cadena, sobre la trampa del tablado. El verdugo le ligó las piernas con una ancha correa le ajustó al cuello el dogal, que unió fácilmente a la cadena, cubrióle el rostro con un gorro blanco y desapareció para tocar el resorte; hundióse el piso falso y el cuerpo del ajusticiado, cayendo desde una altura de seis pies, fue a ocultarse en el foso abierto debajo del patíbulo. La cuerda se estremeció por algunos instantes. Una bandera negra, enarbolada en el punto más alto de la cárcel, anunciaba al pueblo que el desgraciado Wainwright había dejado de existir.

Una hora después, los mozos de la cárcel descolgaban el cadáver para depositarlo en una caja pintada de negro, y el médico de la cárcel daba al Sheriff una certificación de que Wainwright estaba muerto por estrangulación, mientras que el gobernador de la prisión certificaba por su parte que el hombre ahorcado era Wainwright. Todo esto se hacía sobre el patíbulo como pudiera hacerse en un escritorio de comercio. Los ingleses están siempre en carácter. Siempre en el negocio.

A las dos de la tarde se reunió el Jurado, y el Sheriff que había dado su recibo por un vivo que debía devolver ahorcado, recogía su documento canjeándolo por las certificaciones del médico y del gobernador de la prisión.

Wainwright estaba ahorcado. No se formó el cuadro. No hubo puestos de buñuelos ni de aguardientes.

IX.

La justicia humana quedaba satisfecha a su manera. El culpable había pagado con su vida la deuda que la sociedad le reclamaba: la cuenta estaba saldada, pero al morir uno de los culpables y ser encerrado otro en una casa de corrección para intentar su reforma (no en un presidio corruptor) el pueblo inglés no se olvidó que quedaban tres familias inocentes todas, y en quienes más directamente recaían las consecuencias de una culpa ajena.

Al siguiente día de pronunciar las sentencias se celebraban meetings y se elegían comités para proteger las esposas e hijos de los Wainwright y los desgraciados huérfanos de la víctima Enriqueta Lane.

Suprímase el meeting y el comité, el pueblo inglés quedaría como en Biblia. No se concibe al pueblo inglés sin meetings y sin comités.

El Sheriff de Londres que debió ahorcar a Wainwright hizo el primer llamamiento al pueblo para que contribuyera a tan generosa acción. La primera cuota suscrita fue la del juez que presidió el tribunal.

Cuando murió Wainwright, la caridad pública, que es en Inglaterra tan espléndida como inagotable, la iniciativa privada, había reunido los fondos necesarios para que no falte pan a las esposas desgraciadas, ni sólida educación y porvenir a esos nueve niños inocentes.

¡Qué excéntricos son los ingleses!

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