Crims amb Historia

El Crim de Manuel (1914)

La versió de fulletó de José Fernández Serrano

El Crim de Manuel (1914)

Al pòdcast de Crims amb Història hem reconstruït el crim de Manuel a partir de les dades policials i judicials que aparegueren publicades als periòdics de l'època. Però aquesta no va ser l'única font d'informació que va arribar al públic lector de principis del segle XX. Mentre el judici se celebrava, un advocat i periodista anomenat José Fernández Serrano, que escrivia sota el pseudònim «Un Togado», va publicar un fulletó, o novel·leta per entregues, al periòdic El Pueblo. Aquesta novel·la curta es deia Crimen en Manuel.

Fernández Serrano coneixia el cas de primera mà. Va exercir com a defensor de Rosario Calatayud, una de les ties de Ramon Gil Casasús, amant de Francesc Pastor Alfaro i una de les persones que van ser jutjades, acusada, en el seu cas, d'encobriment. Veurem que Fernández Serrano, a la seua novel·la, no es va limitar a narrar els fets comprovats. La seua, i això cal tenir-ho en compte, és una peça literària: va omplir buits, (també va deixar coses per explicar), va inventar diàlegs, va construir una trama amorosa, va introduir diferents elements literaris i va transformar els protagonistes en personatges de melodrama. El resultat és una versió dels fets que el públic de principis del segle XX va consumir amb un cert interés i que ara recuperem, no com a veritat històrica, sinó com a document de com es construïa un relat literari sobre un crim real en l'època del fulletó.

En aquesta entrada, oferim la transcripció de la novel·la per entregues que Fernández Serrano publicà al periòdic El Pueblo del 6 al 15 de juliol de 1616.

Crimen en Manuel

Dedicatoria

A ti, mujer querida; a ti, mujer que sufres; a ti, mujercita buena.

Cuando las desdichas de tu amor desgraciado enturbien de llanto tus ojos adorables, ofrece una de tus lágrimas a la memoria de la infortunada joven cuya triste historia te voy a relatar. Ella, como tú, amó apasionadamente, con todo el ímpetu de su alma joven. Compadécela, como á ti misma te compadeces...

A ti, mujer que lloras de amor. A ti la modesta ofrenda de mi pobre trabajo.

Narración

I

Cruzó veloz por el ambiente una ráfaga molesta de vientecillo fresco y viscoso, como vaho de humedad. Los árboles, alineados junto a las aceras de las Ramblas, estremeciéronse, agitando en alto las sarmentosas ramas invernales y esqueléticas. Arriba, por la inmensidad del firmamento grisáceo y tristón, pasaron lentas, bamboleantes, unas abombadas nubes negruzcas que rodaban torpes, atropellándose unas a otras. Sonó vagamente el bronco rumor de un trueno lejano, y oscurecióse el espacio como en súbita extinción de la que ya era escasa luz crepuscular. Unos papelillos abandonados en el suelo convergieron en mitad de la calle y allí quedaron revoloteantes, cual pequeño torbellino vertiginoso, en circular danza de remolino. Se inició la lluvia en gruesas gotas alisadas, como discos que al chocar contra el piso estallaran crepitantes.

En la muchedumbre de gentes que transitaban por la Rambla de Canaleta, a aquellas últimas horas de la tarde, hubo un repentino, instintivo movimiento de dispersión. Atropelladamente, en fuga precipitada y nerviosa, esparciose la multitud, acuciada por el general anhelo de guarnecerse. Unos, en los cafés y cervecerías, penetraron apresurados, haciendo peligrar la estabilidad de sillas y mesitas. Aventuráronse otros a entrar en las tiendas, interrumpiendo las monótonas, inacabables discusiones en que se hallaban comerciantes y parroquianos. Irrumpieron muchos en los patios suntuosos de aristocráticas viviendas particulares, poniendo en gran sobresalto a porteros y lacayos que pugnaban, estériles, por contener aquella tumultuosa invasión desordenada.

No fueron pocos los que, como denodada avalancha trepadora, asaltaron los tranvías sin siquiera esperar a que estos detuvieran la marcha.

Una joven, de elegante porte artesano, mezclada en el tropel de uno de estos grupos fugitivos, y arribó sin que ella pudiera ciertamente explicarse como había sido, hasta la plataforma delantera de un tranvía eléctrico. El interior del coche hallábase atestado de un público compuesto de heterogéneas y egoístas, que se apretujaban decididas, hurañas, procurando cada cual acomodarse bien, aunque para ello quedara el vecino sin encontrar asiento. La joven hubo de quedar de pie en la plataforma.

Avanzaba el tranvía lentamente, envuelto en el chirriante fragor de la lluvia que con furioso ímpetu derramábase ya sobre la tierra. El conductor, un hombretón alto y fornido, atendía a manipular en los frenos y palancas que regulaban la marcha del vehículo. Indiferente á cuanto ocurriera entre los ocupantes del tranvía, avizoraba aquel hombre hacia el frente y entreteníase en golpear con el pie un resorte del piso, haciendo sonar un timbre en terco, insistente repiqueteo de aviso, como previniéndose de imaginarios obstáculos.

Cuando el cobrador, en su misión de incautarse del importe de los billetes, llegó hasta la plataforma delantera, prorrumpió en un saludo alborozado al encontrarse con la joven que allí estaba.

–¡Hola! ¡Cuánto celebro! ¡Ya hacía tiempo que no tenía el gusto de verla!

–Es que salgo poco de casa

Por los costados de la plataforma, salpicando a cuantos en ella estaban, penetraba el agua que se desprendía del formidable chaparrón.

– ¿Y cómo permanece usted aquí fuera mojándose?

–Pues porque cuando subí al tranvía ya no había en el interior ni un asiento desocupado.

Y el cobrador, por ostentosa fanfarronería, llamó la atención del conductor para mostrarle, orgulloso, aquella amiga.

–Oye, tú. Para que te enteres de los conocimientos que yo tengo, fíjate.

Y tocó en el hombro al otro.

El conductor volvió la cara y al ver a la joven, que con gesto ruboroso protestaba, saludó con torpes palabras admirativas.

–Celebro conocer a una señorita tan simpática y tan hermosa, y tan...

Pero la joven replicó, atajando:

– ¡Calle usted, por Dios! ¡Es que éste –y señalaba al cobrador– tiene unas ideas...!

–Bueno, bueno. Mis ideas serán como serán; pero mis palabras siempre son la verdad.

Añadió como despedida.

–Ahora me voy a mi puesto. Y antes os dejaré presentados, para que podáis hablar libremente.

A él le manifestó indicando hacia ella:

–Elvira Egido.

A ella le dijo, señalando hacia el conductor:

–Ramón Gil Casasús.

Internándose en el tranvía, aún dijo al conductor una jocunda frase á chanza.

– Ya me puedes estar agradecido. Que mujeres como esta que te he presentado... también conocerás bien pocas.

Y desapareció entre la masa de gentes abigarradas que se estrujaban en el interior del coche.

Elvira y Ramón quedaron hablando distraídos, manteniendo entrecortada conversación frívola, casi obligados a ello después de haberse conocido de tan inesperada manera y por la tan repentina presentación de que acababan de ser objeto.

–Por la manera de expresarse –interrogaba Ramón– se conoce que no es usted catalana.

–No, señor: soy aragonesa. De un pueblecito de la provincia de Teruel, que se llama Gea.

–Y le gusta a usted vivir en Barcelona?

 Elvira, que era simpática, locuaz, habló con esa franca alegría comunicativa de jovencita satisfecha y feliz, contestando a Ramón como si ya mucho le hubiera tratado.

–Ya lo creo que me gusta vivir en Barcelona. Además, estoy como doncella en casa de un matrimonio muy rico. Allí me tratan casi como si yo fuera de la familia. Me dan un buen salario, me visten y me educan como a una señorita.

Y añadió con acento de satisfacción:

–¡Ya ve usted si tengo motivos para estar contenta!

Ramón, que, al tiempo de escuchar, había detenido un instante su vista examinando a la joven, pensó una idea de complacencia. ¡Era bonita la muchacha! ¡Tenía un poderoso atractivo aquella su linda carita risueña... Y fingiendo decir una broma, la formuló una pregunta intencionada.

-Oiga, Elvira: ¿Cuántos pretendientes tiene usted? ¡La verdad... ¿Cuántos? Deben ser muchos, ¿no?

Hubo en Elvira unos silenciosos momentáneos de inquieta emoción repentina. Esa sobresaltada inquietud de la niña que se ha apercibido de que es admirada por un hombre apuesto y guapetón. ¿Por qué la diría aquello aquel individuo? ¡Y era gallardo de veras! ¡Lo que se dice un buen mozo!

Y mientras sus manos finas y pulidas de señorita jugueteaban nerviosamente con la cadenilla de la cual pendía un bolso de plata, respondió Elvira humillando hacia el pecho su cabecita en deliciosa actitud de rubor.

–Si, señor, sí: algunos hay.  

Ramón aventuró una interrogación denodada.

¿Y se puede saber dónde vive usted? Por lo menos así no pierdo la esperanza de volverla a ver... y ser uno de ellos.

Elvira pronunció una de esas contestaciones con las que las mujeres expresan claramente lo que desean decir, pero forjándose la pueril ilusión de que nada dicen concretamente.

–Hombre, hombre... Eso ya es pretender demasiado... No, no. Yo no quiero decírselo. Pero, en fin, puede usted averiguarlo. Yo pienso apearme del tranvía frente a mi casa...

Había cesado el chubasco. Renació el tránsito y el bullicio en las calles sobre cuyos pavimentos mojados y brillantes como si fueran de charol, reflejábanse en extrañas fosforescencias las luces del alumbrado público. Avanzaba el tranvía precedido del vago resplandor de sus bombillas eléctricas. Elvira, apresurada, fue a descender del vehículo. Ramón apercibióse y la contuvo, diciéndola mientras aminoraba la velocidad del tranvía:

–¡Cuidado, mujer! Estando el coche en marcha, es peligroso bajar.

El tranvía se detuvo. Elvira dijo al apearse:

–Es que ya hemos llegado.

–Está bien, pero si por no parar yo a tempo, se hubiera usted lastimado...

Elvira, ya desde la calle interrumpió, adoptando un gracioso mohín de incredulidad:

–¿De veras que, si sufriera yo algún daño, lo lamentaría usted?

El, replicó vehemente:

¡Muchísimo!... Y si ese daño lo sufría usted por mi culpa, merecía yo...

–¿Qué? ¿Qué merecía usted?... –dijo Elvira sonriendo.

Ramón profirió contestación rotunda, que era cono una galantería exagerada:

–Merecía que me ahorcasen.

Elvira, riendo estrepitosa, escapó cruzando a pequeños saltos el trozo de calle que mediaba entre el tranvía y las casas, en una de las cuales, de suntuoso aspecto, penetró la joven. El tranvía, estruendoso, trepidante, reanudó la marcha. Ramón, después de avizorar hacia la casa en la que penetraba Elvira, murmuró, como aprendiendo una dirección:

–Calle de Cortes, núm. 67.

Y musitó con fruición:

–No se me olvidará.

II

En el viejo reloj del Café, en aquel reloj vetusto que como una desvencijada caja circular permanecía, desde muchos años adosado a una de las paredes del establecimiento surgieron foscas, carraspeantes, cinco notas graves, lentas y cansinas, como si sonaran en lo profundo.

Ramón, interrumpiendo el juego de naipes en que estaba enzarzado con varios amigos y contertulios, exclamó sorprendido

–¡Las cinco! ¡Y yo tan tranquilo! ¡Pues si no me apercibo, la hago buena!

Se incorporo, dejando vacante el lugar que junto à la mesa había estado ocupando.

–Vaya! Continuad vosotros, que yo tengo una faenita que hacer y me marcho.

–Pero, hombre –replicó uno– ¿es que no puedes dejar eso para más tarde?

–Tan bueno que se había puesto el partido– se lamentó otro.

–¡Y ganando que estabas! – clamó un tercero.

Ya de pie, dispuesto a irse, dijo Ramón como un enojado argumento inapelable:

–Cuando me voy es porque tengo precisión. ¿Sabéis? ¡Nada más! ¡Cristo, qué tropa tan maliciosa!

Todos callaron, aguantándose renzongantes el deseo que cada cual sintiera de contestarle. Con aquel hombre no se podía discutir. En seguida lo tomaba todo a mal.

–Conque, buenas tardes y hasta mañana– dijo Ramón.

Y salió del Café. Acelerando el paso cuanto pudo, recorrió varias calles hasta llegar a la plaza de Cataluña. Parose en una esquina y desde alli quedó oteando como si buscara entre el revuelto aglomerado tránsito de la gran replaza. En esto estaba ocupado, cuando sintió Ramón en su espalda dos leves golpecitos como de aviso, al tiempo que una voz femenina y amiga le sorprendió con una frase de broma.

–Vamos, hombre. Bien dice el refrán: «Quien más mira menos ve»

–¡Hola, Elvira!– dijo Ramón volviéndose– ¿Hace mucho rato que me esperabas?

–Desde las cinco en punto. ¿No quedamos en eso? ¿O es que, para acordarte de mí, ya andas flaco de memoria?

Ramón pretendió disculparse.

–Mujer... total son las cinco y cuarto.

Y añadió, mimoso, zalamero, aproximándose mucho a Elvira:

–Anda, tontina. Lo menos estarías pensando que yo te engañaba.

–No, no: te equivocas.

Y dijo ella, esforzándose por mantener un momento más el fingido gesto de enfurruñamiento:

–Lo que estaba yo pensando es en la requetepoquísima vergüenza que tienen algunos.

–Pero, Elvira, yo te aseguro...

Ella repetía tenaz, fruncida, como niña que está deseando una caricia de compensación.

–Sí, señor; sí, señor. ¡Eso es! Muy requetepoquísima vergüenza, por haberme hecho estar de plantón aguardándote.

Él la halagó con unas sumisas palabras de explicación.

–Bueno, es verdad. Me he entretenido en el Café. Pero yo te aseguro que no lo hare más.

–Es que si sucede otra vez... –dijo Elvira cediendo.

–No sucederá. ¿Qué, me perdonas? –murmuró al oído de Elvira.

–¡Si no te quisiera tanto!

–¡Más te quiero yo, morenilla!

Y Ramón deslizó ligeramente su brazo por la cintura de la joven. Esta protestó, apartándose un poco de su amante.

–¡Ten formalidad, caramba, que estamos en la calle!

Gracias a esta oportuna advertencia, no consumó Ramón el abrazo que había iniciado. Luego dijo a Elvira:

Ahora que ya te ha pasado el enfado, vamos a cambiar de conversación.

–Está bien, pero si te parece, podemos hablar paseando. Aquí parados, semejamos dos papanatas.

–¿Hacia dónde vamos?

Hacia donde tú quieras...

Salieron de la plaza de Cataluña y por la calle del Ángel comenzaron el paseo. Ramón interrogaba:

–¿De manera que ya está arreglado lo de la herencia?

–Sí, esta mañana he tenido carta de mi padre. Me dice que ya están las particiones terminadas y que a mí me pertenecen dos casitas y un huerto.

Quedóse Ramón silencioso unos momentitos, pensando en unas ideas que se le acababan de ocurrir. A poco continuó la conversación.

–Oye, Elvira. ¿Y no sería mejor que una vez recogidos esos bienes los vendieras?

Ella interrogó extrañada:

–¿Para qué?

–Muy sencillo.

Y él explicó pausado, tranquilo, con la serenidad de quien expone un proyecto inmejorable.

–En cuanto tú y yo nos casemos, habremos de vivir con el misero jornal que gano en los tranvías y con lo poquísimo que rentarán las casitas y el huerto que tendrás en tu pueblo,

–Bien. ¿Y qué?

Pues vendiendo lo de la herencia, con el dinero que saques, podemos instalar un bar o un café, y de esa manera vivir mucho mejor, y sobre todo...

Y dijo con acento de halagüeña promesa:

–Sobre todo, estaríamos siempre juntos, sin necesidad de tener que pasar todo el día yo fuera de casa, ganando el pan.

Elvira tuvo un instante de vacilación. Pero le duró muy poco el tiempo de duda. Era ella demasiado joven y amaba apasionadamente a su novio, para que no le parecieran admirables los pensamientos de éste.

–Pues, mira, Ramón, no está mal eso que me has dicho. Yo no había pensado en ello.

 Y repentinamente, decidida, deseando ya hasta ver puesto en práctica el plan de Ramón, por esa inquieta celeridad con que suele proceder la inexperiencia, dijo muy contenta

–Voy a escribirle a mi padre y le diré que venda todo lo que me ha correspondido de la herencia de mi tía.

Pero Ramón, contuvo las impaciencias de Elvira.

–Eh, eh, mujer, no te apresures. ¿Y si te engañan? ¿Y si las fincas valen cuatro y te dicen que dos?

–Es cierto –contestó decepcionada Elvira, aviniéndose a cuanto la decía Ramón– ¿Qué hacemos, pues?

Ramón, sagaz, calculador, se atrevió a proponer:

–Si quieres, yo puedo ir al pueblo. Me presentaré a tu padre con una carta tuya, en la que le comuniques que soy tu prometido. De ese modo podré ver las casas y el huerto y proceder a la venta en las mejores condiciones posibles.

–¡Magnifico, magnífico! –decía Elvira radiante de satisfacción. –¡Cuán dichosos vamos ser! ¿Verdad, Ramón?

–¡Figúrate! ¡La cara que van a poner todos en tu pueblo en cuanto me vean llegar y se enteren de que soy tu novio!

Repentinamente cambió de tono, poniéndose en actitud desalentada como a quien le asalta una inesperada idea penosa.

–Pero el caso es... que no tengo dinero para hacer el viaje.

Ella manifestó, jubilosa de poder solventar el inconveniente:

–Por eso no te preocupes. Tú pide en la Compañía de Tranvías quince días de licencia, que yo te daré mis ahorrillos. Con ellos habrá bastante para el viaje.

El mintió una hipócrita actitud caballeresca.

–Mujer... no sé si eso está bien.

Pero Elvira le animó, convenciéndole.

–¡Pues claro que está bien! ¡Mira éste ahora con qué, nos sale!

Y concluyó como no admitiendo réplica.

–Después de todo, ¿no me vas a hacer un favor? Pues yo he de satisfacer los gastos que se originen. ¡Y chitón; pues no faltaba más!

Habíanse internado en los enrevesados laberintos y callejuelas de la Barcelona antigua. Entretenidos por la interesante conversación, ni siquiera habían reparado en que caminaban por esas callejas angostas, sucias y tortuosas en cuyas casas, de lamentable aspecto misterioso, habitan, hacinados, mendigos, prostitutas y ladrones.  Aquellas viviendas, como cuevas en las que tiene su acobijo toda la canallería garrula y hampona de las gentes de mal vivir. Alguna cara de mujer pálida y greñuda, avizorante tras los pringosos visillos de una ventana, miraba con malévola sonrisa a Elvira y Ramón, que caminaban casi juntos charlando en voz baja.

Anochecía. Ya no hablaban de lo que había sido motivo de su conversación hasta entonces. Elvira, ahora, resistíase a algo que la proponía su novio.

– No, no. Eso no, Ramón. Si hiciéramos eso, me parecería que ya no me querías así, buenamente, como yo a ti.

Él, ladino, insinuante, la agarró del brazo, en amorosa aprehensión de caricia.

–Pero, vamos a ver, Elvira: ¿no has de ser mi esposa? ¿Pues que más te da que...? Ya ves, dos meses hace que tenemos relaciones. Me parece que ya podíamos...

Ella, terca, se oponía.

–No, no. Te he dicho que no. Te quiero, pero de otro modo....

–Mujer, no seas así. Mira, aquí en una calle de estas, vive una parienta mía. Compraremos cena, iremos allí y...

–No quiero, по.

Él, no cejaba. Como último recurso, prometió una falsedad.

–Es porque no me quieres. De lo contrario, harías lo que yo te digo. Pero, en fin: cenaremos juntos y luego pasaremos la velada hablando nada más... ¿Tampoco te parece bien esto?

Elvira se dispuso a aceptar. De sobra sabía ella que lo de pasar la noche hablando, no iba a ser cierto; pero consintiendo con esta condición, ya tendría el carácter de imprevisto cuanto ocurriera en la casa de la parienta de Ramón. Y con esta infantil excusa que ella a sí misma se daba, creyó que ya podía acceder.

–Pues si no es más que para hablar...

–Sí, mujer, sí. Ya verás.

Compraron unas viandas en un figón que hallaron al paso. Se encaminaron a cierta casa en la que era buen parroquiano Ramón. Llegaron ante un portal reducidísimo, en cuyo fondo empezaba una gastada escalerilla angosta. Ascendieron. Al arribar a una puertecilla, tiró Ramón de una cadena que pendía en la pared. Y tras la puerta sonó un campanillazo de llamada. Una vieja gordinflona, con cara asquerosa y granujienta, apareció franqueando la entrada de la mancebía. Ramón, saludó a la alcahueta.

–Buenas noches, Rulla. ¿Hay habitación?

–Sí, puedes pasar.

Y añadió mientras con sus febles ojillos, insolentes, examinaba a Elvira.

–Esta palomita ¿es debutante o es del oficio?

Elvira se sonrojó. Ramón replicó a la harpía una frase altanera.

–¡A ti qué te importa! Llévanos al cuarto que sea y cállate.

–Bueno, bueno –dijo la Rulla, acostumbrada a servir rufianes – venid por aquí.

 Elvira, antes de entrar, opuso unas palabras temerosas. Desde la puerta oía las voces de hombres y mujeres que dentro de la casa alborotaban en bullicio de diversión. Y temía ser descubierta.

–Esta gente... ¿No me verá?

La Rulla replicó una chanza cínica.

–Las «señoritas» y los «caballeros» que están en esta casa no la verán a usted. Se hallan en el salón, que es donde yo recibo a mis relaciones.

Elvira y Ramón entraron en la casa precedidos de la Rulla, la cual les condujo a una habitación que hedía a sudor y a perfumes majos.

–¿Y qué diré mañana a mis señoritos?

Ramón contesto:

–No caviles por eso. Ya pensaremos una mentira.

Y acercándose a Elvira, la acarició, venciendo fácilmente la débil, insignificante, resistencia que esta opuso.

–¿Me quieres mucho, negra?

Elvira, apasionada, febril, con los ojos brilladores, cabrilleantes, respondió completamente rendida al varón amado:

–¡Muchísimo! ¡Con toda mi alma!

–¡Nena!

–¡Vida mía!

Y sobre un diván cayeron unidos en un abrazo de ansia, besándose anhelosos, jadeantes.

III

Inmóvil, con la mirada fija en la lejanía, viendo desaparecer el tren en el que marchaba Ramón, quedóse Elvira contrita y desolada. Cuando ya en los confines del horizonte ocultóse el tren como si se extinguiera entre una tenue nubecilla de humo blanco, sintióse la joven apenada por un sentimiento de tristeza. Al verse sola en el andén, dirigió por última vez la vista hacia lo lejos como en una postrera despedida, y luego, desconsolada, salió de la estación. Sin rumbo, caminando maquinalmente, anduvo un buen rato, no reparando siquiera en los que al pasar junto a ella mirábanla curiosos, extrañados. Sentía en su ser una fría sensación de soledad... Llevose el pañuelo a los ojos, conteniendo las lágrimas.

Poco a poco, en un supremo esfuerzo de voluntad, se impuso Elvira la necesidad de tranquilizarse, oponiéndose á sí misma unas argumentaciones consoladoras.

¡La verdad es que era ella tonta! ¡Total, por unos dias que Ramón iba á estar ausente!... Y después de todo, ¿aquel viaje que Ramón hacía á Gea, no era como preparación de la boda?. Sí, sí; en cuanto Ramón regresaara y según los informes que él le diera, vendería ella las casitas y el huerto y luego, ¡a casarse!

Así pensando y discurriendo logró Elvira serenar su ánimo, abatido por el pesar de la reciente despedida. Nunca creyera ella que había de querer tanto á Ramón. Y, sin embargo, ahora que su amante hallábase ausente, comprendía toda la intensidad irresistible del amor que sentía por aquel hombre.

Y con esa facilidad instintiva con que las personas abrumadas por un estado excepcional de su alma, pasan del optimismo á la decepción, así Elvira, después de recordar el amor decidido que profesaba á Ramón, dióse á reparar en lo que hasta entonces, siempre feliz y contenta, no había pensado.

–¿Me querrá el a mi lo mismo que yo a él?

Y acuciada por esta idea obsesionante, quiso recopilar en un momento hasta los detalles más nimios que tuvieran alguna relación con la historia de su amor. Y al analizar los acontecimientos, procuraba deducir consecuencias de una lógica ecléctica, inconsistente y acomodaticia. Unas veces, recordando un suceso trivial, se decidía por una idea rotunda.

–No, no me quiere. Bien claro está.

Pero a continuación interpretaba de distinta manera el mismo acaecimiento, para asegurar con firme convicción.

–Sí: precisamente eso demuestra que me quiere. No hay duda.

Y Elvira seguía caminando y caminando, incansable, abstraída como un autómata o como una sonámbula. Así llegó hasta el Paseo de Gracia.

En un banco se sentó en distraída actitud de meditación. A los pocos instantes adquirió el rostro de Elvira una expresión, a la vez de esperanza y de temor.

–¡Si yo me atreviera!... –musitaba indecisa.

–¿Y por qué no?  –añadió pronto– ¿No van otras personas?... ¡Pues yo también!

Incorporándose del banco, empezó a andar con aire de resolución. Iba á salir de dudas.

–La «bruja» me descubrirá, la verdad.

Era una reducida habitación con aspecto de antro tenebroso è inquietante. Hallábanse las paredes y el techo revestidas de paños negros. Sobre una pequeña mesa, también cubierta con negro tapete, había como unos extraños atributos de una ciencia oculta y misteriosa: un Cristo, en postura de crucificado, pero que, arrancado de su cruz, quedaba tendido en horrible posición agónica; una calavera que tenía cerrada la cavidad de la boca y apretaba los dientes en macabra, rabiosa, crispación de ultratumba, y un sapo, disecado, que ostentaba unos ojos saltones, asquerosos, como dos granos, y una panza apergaminada, amarillenta y repugnante. Había dos viejos sillones, de cuyos abultados asientos, agujereados, surgía el pelote como hernias monstruosas. Dos cirios enhiestos, en candelabros de hierro viejo, y oxidado, estaban también sobre la mesita y alumbraban con sus chisporroteantes llamitas rojas, aquella estancia tétrica y fúnebre. Bien denotaba todo aquello que la «bruja» conocía y sabía explotar la crédula ignorancia de los que acudían a consultarla.

–Hija mía, espera un momento. Voy a otra habitación, donde he de preparar las esencias.

Y la «bruja», renqueante, salió del gabinete negro.

Al quedar Elvira soja en aquel inquietante lugar, tuvo una intensa preocupación de zozobra. Sintió miedo, un miedo formidable á cuanto la rodeaba. Influenciada su imaginación sencilla é impresionable por aquel lúgubre ambiente insólito, comenzó a sentir el pavoroso escalofrío del terror. Sufrió repentina sensación de pánico, nublósele la vista...

Llegó á perder la noción del lugar donde se hallaba. Por una alucinación de su mente febril, momentáneamente desvariada, llegó á creer-se transportada á un inverosímil calabozo del Averno, al que pronto acudirían un tropel de almas en pena que la rodearían a ella y la arañarían con zarpas de fieras y la martirizarían, pinchándola con clavos de fuego. Luego, formando trágica zarabanda satánica y aullante, profiriendo extraños gritos inarticulados y adoptando gestos de furias delirantes, la llevarían en volandas hasta arrojarla en un abismo inmenso, en tinieblas, por el que estaría descendiendo siempre... siempre... por los siglos de los siglos: en una caída eterna, sin llegar nunca al fin...

Elvira hubiera querido escapar. El terror se lo impidió.

Un gato pardo y escuálido penetró en el antro, avanzó á pasos quedos, lentos, como sigilosos, y ya frente á la joven elevo hacia ella sus ojos fosforescentes, siniestros, y lanzó un maullido lúgubre, como un presagio fatal...

A poco llegó la «bruja», vieja enlutada, alta y flaca, cuya facha alarmante y cuyo rostro pálido, cadavérico, de enorme nariz picuda y corva, dábanļa aspecto de repulsivo pajarraco, muy en consonancia con el conjunto del lugar. Por entre sus encías amoratadas y sin dientes pasaban las palabras como un silbido de moribundo.

–¿Te he hecho esperar mucho, hija mía?

–No, no señora –respondió tímida la muchacha, tornando de pronto a la realidad.

–Pues, anda –la invitó la bruja –siéntate y dime qué es lo que quieres que nos cuenten los espíritus.

Balbuciente, con voz entrecortada, trémula, relató Elvira sus amores con Ramón. Luego, ya decidida, expuso deseo de saber si Ramón la amaba como ella le quería á él. La vieja, escuchó el relato con atención. Luego, formulista, teatral, prendió fuego al combustible que contenía un incensario, del cual comenzó á elevarse una columna espesa de humo acre, nauseabundo. La bruja colocóse frente al fuego en estudiada actitud pensativa. Después murmuró unas ininteligibles frases de conjuro o de oración, quedóse súbitamente postrada en una butaca, y allí permaneció ensimismada, como si atendiera á una voz del otro mundo...

Elvira, sobrecogida de temor supersticioso, embotados sus sentidos por la acción de aquel maldito humo apestoso y mareante, quedó sumida en la otra butaca esperando. Por fin, la vieja brujas habló, adoptando la solemnidad de un oráculo.

–Pues bien, hija mía, acabo de escuchar la voz de los espíritus, à quienes he interrogado sobre tu porvenir. Yo quisiera ocultarte la verdad de lo que ellos me han dicho, pero...

Elvira, anhelosa, instó.

–¡Hable, hable usted!

En la bruja, hubo un estremecimiento de íntima satisfacción. Aquella jovenzuela que la escuchaba, era incauta, crédula; la tétrica apariencia de la estancia, el nauseabundo, enervante hedor del humo que flotaba en el aire; la actitud misma de la quiromante, habían impresionado intensamente el ánimo de la muchacha. Era, pues, facilísimo embaucar a Elvira y que ésta, convencida de las extraordinarias dotes de la «bruja», fuera luego una buena propagandista.

Además, la bruja, con gran atención, había escuchado de la propia Elvira la extraña manera cómo ésta conoció a Ramón; el decidido egoísta interés de éste en pretender que su novia vendiera todos sus bienes hereditarios; la incomprensible obstinación de Gil negándose rotundamente a descubrir de donde provenía él, quién fuera su familia cual su domicilio.

Y la vidente, mujer práctica, sagaz é intencionada, pensó mal de aquellos amores entre Elvira y Ramón, y sin titubeos ni vacilaciones, con toda la entereza de que pudo revestirse, habló á Elvira, pronosticándola un augurio funesto.

–Ya que tanto deseo muestras en que yo te diga la verdad, sea. Debes saber, hija mía, que ese amor que profesas á tu amante Ramón, ha de serte fatal. Según los espíritus, tan sólo explotarte se propone ese hombre, y el día en que ya no puedas seguir siéndole útil, te abandonará.

Y añadió la bruja, como queriendo poner un comentario de indiferencia:

–Es la eterna historia del hombre ambicioso é interesado, y la mujer noblemente enamorada...

Pero Elvira, que sentía por Ramón un amor delirante, un amor inmenso y abnegado, no pudo escuchar con calma aquellas palabras de la bruja. Súbitamente exaltada, en frenética actitud de desespero, estalló en palabras airadas, inconscientemente vehementes:

–Todo eso que usted ha dicho será verdad. Pero lo de que él me abandone, ¡eso no! ¡No y no! Si eso llega á hacer algún día, yo no me he de resignar. Porque le quiero, le quiero con toda mi alma. Y si se atreve á dejarme, le buscaré, le perseguiré, seré su sombra. Y le suplicaré, le amenazaré. No le dejaré un instante de sosiego.

La «bruja», solemne, ceñuda, hosca, incorporose, como dando por terminada la sesión y al mismo tiempo que esto hacía, interrumpió las lamentaciones de Elvira.

–Si te atreves á hacer eso, te expones á mucho. Ese hombre, si se ve acosado por ti, será capaz...

–¿De qué? –preguntó la joven con ansia.

Y con fosco acento, que era como voz sepulcral, dijo la bruja una fría, implacable predicción funesta:

-Será capaz... ¡hasta de matarte!

IV

Comenzaba la joven á impacientarse. El tren debía haber llegado ya y, sin embargo, Ramón tardaba mucho en venir.

Y Elvira, inquieta, nerviosa, estaba parada, casi oculta, en el quicio de la puerta de su casa, y desde allí miraba con gesto de impaciencia hacia el extremo de la calle por donde su amante había de aparecer. No había ido ella á esperarle, porque Ramón, en la carta que le escribió comunicándole el regreso, la recomendaba insistentemente que no fuera á la estación. No se pudo explicar Elvira el motivo, y por esto mismo fué grande el desasosiego que por ello tuvo; mas sumisa obedeció, aunque no de buen grado, ya que aquella inexplicable prevención de su novio era, según ella, precaución justificadísima en unos amores que habían transcurrido dichosos, normales, tranquilos. Cuando leyó en la carta aquel mandato de Ramón, un presentimiento desagradable pasó raudamente, como un chispazo de centella, por la imaginación de Elvira. Y la joven no pudo evitar el acordarse de la bruja...

Por la esquina próxima surgió la figura arrogante, presuntuosa de Ramón, que avanzó en dirección á Elvira. Mucho antes de llegar el uno junto a la otra, ya los dos amantes se saludaban con las manos, con los ojos, con el deseo. La joven, viendo acercarse a su amante, olvidóse de todo pensamiento para tan sólo admirarle. ¡Era tan majo! ¡Le amaba tanto!... Y aun había ella hecho caso de lo que la dijera la bruja ¡Vieja embustera!

Una explosión de frases y palabras amorosas, fue el encuentro de los amantes.

–¡Elvira! ¡Chiquilla!

–¡Ramón!

–¿Cómo has pasado estos días?

–Pensando en ti.

–Pues yo acordándome de mi nena á cada momento.

Y cogidos por las manos, mirándose con arrobamiento de adoradores, comenzaron á conversar. Ramón relataba el viaje que había realizado al pueblo de Elvira.

–Chica, encantado, ¿sabes? El pueblo es chiquitín, pero bonito; y las gentes de allá, la mar de simpáticas. Tu padre, al principio, me miraba así como escamado, pero luego le enseñé tu carta y, vamos, parece que se tranquilizó.

–¿Y qué? –interrogaba Elvira –¿Te han tratado bien?

–¡Ya lo creo! Como a un príncipe. Si vieras... cuando corrió por el pueblo la noticia de que había llegado el novio de la Elvirica, como te llaman allí... Todos venían á verme y me miraban como a un bicho raro.

–Oye. ¿Y te preguntaron por mí?

–Sí, mucho. Y se conoce que te tienen por una muchachuela de poco juicio. No es que me lo dijeran, no; pero que lo daban á entender.

–Como no me resigné á vivir en el pueblo... pues eso es. Me creen una alocada. Aquellas pobres gentes no comprenden que á una le guste vivir así, como se vive en las grandes capitales...

Interrumpióse Elvira para interrogar á Ramón sobre lo que había sido el objeto del viaje.

–Bueno, tú. ¿Y del asunto? ¿Qué hay?

Ramón se inmutó. Él no hubiera querido afrontar tan pronto la cuestión. Pero no había remedio. Era indispensable hablar claramente.

–Pues el asunto –dijo desalentado– mal, muy mal.

–¿Cómo es eso? –replicó extrañada Elvira.

Sacó Ramón un papel, y mostrándolo á Elvira, la invitó á que leyera en un lugar del escrito que él indicaba con el dedo índice.

–Lee aquí. Esto es la copia del testamento. Elvira cogió el papel y leyó en voz alta:

–Estos bienes que en herencia lego a Elvira, no podrá ésta poseerlos hasta que no contraiga matrimonio.

La muchacha, que por la lectura de aquello no encontraba justificado el pesimismo de Ramón, instó a éste a que explicara:

–Bien, ¿y qué? No comprendo.

Y añadió, presentando como una solución racional, incontrovertible:

–Todo es cuestión de esperar un poco. De todas maneras nos íbamos á casar. Pues aceleremos la boda y en seguida a recoger la herencia.

Ramón dejó abatir la cabeza sobre el pecho, como avergonzado de lo que iba a decir; luego, trémulo, con voz débil, como el que confiesa un delito, anonadó á Elvira con unas palabras reveladoras de una gran infamia:

–Es que yo no puedo contraer matrimonio contigo porque... soy casado.

–¡Dios mío! ¿Qué dices?

Hubo de apoyarse Elvira en el marco de la puerta para no derrumbarse contra el suelo. Sintió en la cabeza como una insufrible sensación de vértigo, le latió el corazón como si le brincara en el pecho; agitóse todo el cuerpo de la muchacha en convulsivo temblor de excitación...

Pero realizando un supremo esfuerzo, sobrepúsose á todo, al verse vilmente ultrajada. Se irguió altiva, dramática, y tendiendo su brazo como señalando á Ramón el camino, le dijo con reconcentrado acento inapelable, una breve orden terminante:

–¡Vete!

Sin replicar, retiróse Ramón.

Fue aquella, para Elvira, una noche horrible de abatimiento y congoja. Cuando la joven retiróse á su dormitorio, quedando ya sola, aislada, nadie podía sorprender su pena, se dejó caer abandonada, sin desnudarse. Y fueron primero las convulsiones tremantes de la ira: una ira feroz, sangrienta, infinita. Ante la imaginación de Elvira pasaban halagüeñas, fascinadoras, todas las escenas de amor ocurridas entre ella y Ramón. Recordó las frases y promesas amorosas de éste; los proyectos, las esperanzas; todo lo que ella había creído, en todo lo que ella había fundado la seguridad de una dicha futura...

Y Elvira, como en un ataque de nerviosa excitación, revolcábase en el lecho, se arañaba las mejillas lastimándolas con sus manecitas crispadas; enmarañándose la cabellera en desordenado revoltijo. Y murmuraba furibunda, como comentando su desgracia: ¡Era todo falso, todo mentido! ¡Infame, traidor! Si le tuviera ahora delante, sentíase ella capaz de cogerle así del cuello y ahogarle, estrujarle, hasta apagar la respiración de aquella garganta inicua. Notábase ella capaz de buscar al canalla y arrancarle la lengua, para que ya no pudiera decir más embustes, para que no engañara á otra infeliz y consiguiera lo que de ella había logrado. ¡Mal hombre, granuja! Ya comprendía ella por qué no quiso él que fuera á esperarle à la estación.

Quizá temería un encuentro con su esposa. Paulatinamente, como ocurre á los seres débiles, fué sucediendo en Elvira una transición. Del furor pasó al abatimiento, á la desolación, y lo que momentos antes eran palabras airadas, tornáronse á poco en lamentos y gemidos. Y lloraba, lloraba Elvira en sollozos quedos, íntimos, silenciosos, que eran la expresión amarga y triste de ver derrumbada la gran ilusión de su vida. Y se lamentaba.

–¡Soy muy desgraciada, mucho!

Y lo era más, porque ella, á pesar de todo, adoraba á Ramón. Ella bien hubiera querido arrancarse del corazón aquel amor insensato, pero no podía... no podía. Sentíase vencida por aquel cariño que se le había agarrado al alma, y á ésta se hallaba unido, como algo fatalmente inseparable.

Y ya amenguada la crisis de desespero, sumióse en buscar soluciones á su situación. Y por más que pensaba y pensaba, tan sólo un remedio presentábase como salvador: volver á Ramón. Primero rechazóse á sí misma el proyecto. ¡No, esto jamás! Aquel hombre era indigno.

Después fué cediendo. ¡Pero si lo quería tanto! Sin él ¿para qué la alegría de vivir? Habíase acostumbrado ella á escuchar la voz de Ramón, á sentir sus besos, á languidecer entre sus caricias...

Tras un momento de vacilación se decidió. Después de todo, ¿no era frecuente el que hombres casados tuvieran una amante? no ocurría muchas veces que el hombre quería más á la amante que à la esposa? Sí, sí, le buscaría, le suplicaría... se conformaría con ser la querida de Ramón. Elvira pronunció unas frases, que eran como si reconociera y se resignara á la anulación de su albedrio.

–No hay más remedio. Es mi sino.

V (pdf 5)

Una muchedumbre estruendosa y algarera agitábase en bullicio y fiesta, cubriendo la pintoresca montaña de Montjuich. Diseminada aquella multitud de gentes en muchos grupos y corrillos, en cada cual divertíanse a su antojo, formando el conjunto una variadísima algarabía fragosa. Aquí reuníanse unos en campestre banquete, en el que los comensales, sentados en tierra a usanza mora, yantaban y charlaban en animada compañía. Allá, junto a un pianillo de manubrio, del que fluía monótona, repiqueteante, una polca vulgar, unos concurrentes, formando parejas de mujer y hombre, bailaban agarrados, en un abrazo franco, ostentoso, contoneantes, rítmicos, muy juntito el cuerpo de cada hembra al de su varón acompañante. Más lejos, eran muchos los que, enlazados por las manos, formando un extenso círculo, danzaban y cantaban felices, en su baile favorito, la clásica sardana.

Era un espectáculo delicioso de placer y alegría. En lo alto, como presidiendo, alzábase la mole vetusta y silenciosa del castillo. A los pies de la montaña tendíase, grandiosa, imponente, Barcelona, la gran ciudad, que llegaba hasta el mar inmenso, azul, sobre cuyas aguas inquietas y movedizas se reflejaba, en burbujeantes reflejos flotadores, la luz rojiza del atardecer... y alborotaba la multitud despreocupada y feliz.

Elvira y Ramón, semiocultos en una desigualdad del terreno, estaban finalizando la merienda suculenta, apetitosa, que la joven condimentó. Dos botellas de vino estaban abandonadas, vacías.

Los dos amantes se encontraban en momentos de dicha. Parloteaban prolijos, insistentes, reían mucho. El alcohol habíales trastornado ligeramente.

—Yo ya sabía —decía él— que te duraría muy poco el enfado conmigo.

—¡Ya estás tú hecho buen truhán!... Pues mira: no será porque me faltasen motivos para no mirarte a la cara.

—Si tú llegas a reñir conmigo para siempre...

—¿Qué? —interrogaba ella, mirando a su amante con ojos de deseo.

—¿Tú ves —respondía Ramón— ese mar? Pues a él de cabeza me hubiera tirado.

—¡Chico! —respondió Elvira en tono de chanza—. Un baño te hubiera sentado mal. Estamos en invierno.

Y la joven, acercándose mucho a su amante y descansando sobre un hombro de éste su cabeza, dijo con acento de íntima satisfacción:

—Pero ahora vamos a ser felices, muy felices. Mañana estaremos ya lejos de aquí, y juntos para siempre, para toda la vida, ¿verdad?

Ramón, entonces, interrogó a Elvira:

—Oye. ¿Pero no nos engañarán en tu pueblo?

—¡Ca, hombre! Bien claro lo dice la carta que me han escrito. En ella me comunica mi padre que, puesto que tratamos de instalar un bar en Valencia, él se encargará de arreglar la dificultad esa de la herencia. Que fuera yo al pueblo a firmar unos papeles y me llevaría el dinero equivalente a las dos casicas y al huerto.

—Lo que yo no comprendo es el empeño que tienes en que yo te acompañe al pueblo.

Elvira explicó un plan:

—Pues está claro. Tú vienes conmigo; desde el pueblo nos vamos a Valencia, alquilamos un bar o un café. Tú figuras como encargado del establecimiento y yo como dueña. De esta manera a tu esposa puedes llamarla luego a Valencia, pues la pobre mujer no sospechará que tú y yo estemos juntos todo el día. El motivo del negocio la despistará.

—Muy bien, muy bien. Te advierto que yo ya lo tengo todo preparado para el viaje... como me has dicho que hay que salir mañana por la noche...

—Sí, sí, cuanto antes mejor; no vaya a ser que mi padre se vuelva atrás en lo que me ha dicho.

Ya era casi de noche cuando, mezclados entre la multitud regocijada, emprendieron Elvira y Ramón el retorno a Barcelona.

Sigilosa, con mucha cautela, incorporóse Elvira del lecho. Se aproximó a la puerta de la habitación y quedó escuchando; silencio, silencio de paz y de sosiego. Nada interrumpía la recogida quietud de la casa, a aquellas altas horas de la noche. Los señores descansaban confiados.

Elvira, con mucho tiento, procurando producir el menor ruido posible, abrió la puerta del cuarto y quedó allí un momento como si dudara en decidirse a realizar un propósito. Frente a la joven se extendía largo, oscuro, el pasillo, en cuyo fondo estaba el despacho del señor. En aquella habitación se hallaban guardados el dinero y las alhajas de los amos. Elvira tenía en su poder las llaves de la puerta y de la mesa de dicho despacho. Mostrábasele todo propicio para consumar el hecho. La muchacha estuvo indecisa hasta que vino a su mente el recuerdo de Ramón, con el cual había de marchar al día siguiente. Aquel pensamiento obró en la voluntad de Elvira como un acicate decisivo. La joven no tenía bastante dinero para el proyectado viaje. Allí, muy cerca, en el despacho, encontraría seguramente una cantidad fabulosa.

Esta cantidad era para Elvira como el único medio de salvar su amor y marchar en busca de una felicidad que se le mostraba halagadora, incitante, como una tentación. Si, por el contrario, dejaba transcurrir la ocasión y no se apropiaba de aquel dinero que tan fácilmente podía adquirir, exponíase incluso al riesgo de perder el cariño de Ramón, que, habiendo realizado todos los preparativos de la marcha, llamaría a engaño si Elvira no cumplía la palabra que le había dado de sufragar los gastos del viaje. Entonces quizá Ramón pensara que en la conducta de su amante había algo de sospechoso, y la dejaría, la abandonaría; cosa esta última de la que Elvira creía ya muy capaz a Ramón, después de ella saber que su amante era casado y con hijos, circunstancia que muy bien podía determinar que cualquier día, por favor a la esposa, se le ocurriera terminar con la querida.

Y Elvira no quiso pensarlo más. Era preciso que al día siguiente escaparan Ramón y ella de Barcelona. El medio de efectuar esto lo hallaría en la habitación del fondo del pasillo. ¡Adelante, pues!

Caminando recatada, silenciosa, sosteniéndose sobre las puntas de los pies, avanzó Elvira por el pasadizo. Llegó a la puerta del despacho. Abrió, haciendo girar la llave muy lentamente, ahogando el chirrido de la cerradura. Penetró en la habitación y, a oscuras, cautelosamente, tendiendo hacia delante los brazos para con ellos descubrir muebles y obstáculos, previniéndose de algún ruidoso tropiezo, se fue orientando en busca de la mesa, en uno de cuyos cajones guardaba su señor el dinero. Por fin, luego de un breve recorrido en las tinieblas, dieron las manos de Elvira en la mesa del despacho; deslizando el tacto por el mueble, buscó el cajón central; una vez encontrado, aplicó a la pequeña cerradura su llavecita diminuta. Abrió. Nerviosamente, deprisa, rebuscó por el interior del cajón. Había billetes, papeles y la cajita de las joyas, que ella tantas veces había visto en manos de sus señores. Prestamente se apoderó de todo... Dejó el cajón intacto, hermético. Salió del despacho, cerrando con la misma cautelosa precaución con que había antes abierto...

En el dormitorio de los señores surgió una tos bronca, estallante, dura. Era el amo que velaba, víctima de su catarro crónico, terco.

Elvira se sobresaltó al verse en peligro de ser descubierta. Y convulsa, rapidísima, volvió la joven a su cuarto y escondió en lugar seguro el dinero y las alhajas que acababa de robar.

Desde el lecho, donde se había zambullido Elvira, aún escuchaba ésta la ronca tos del amo, que sonaba en el silencio de la noche como una alerta estéril...

La potente voz de un empleado repercutió por los ámbitos de la estación en un aviso obligado:

—¡Señores viajeros para Valencia!... ¡Al tren!

Prodújose junto al tren larguísimo un rebullicio de confusión. Voces, despedidas, pregones, golpazos de las portezuelas que cerraban los vagones... Reverberaban las luces de los arcos voltaicos, alumbrando profusamente la gran extensión abovedada de donde los convoyes salían. Atronó aquel lugar el potente silbato de la locomotora, que anunciaba el comienzo del viaje...

Y lentamente, entre estertores monstruosos y fragor de maderamen y herrajes, púsose el tren en marcha...

Avanzaba el tren raudo, vertiginoso, por entre los campos solitarios. Ofrecíase el firmamento en un esplendor de estrellas que titilaban brilladoras en la oscuridad de la noche...

Elvira y Ramón, asomados a una ventanilla del coche, contemplaban a Barcelona, que allá, en la lejanía, se alzaba como una vaga silueta inmensa, sobre la que se destacaban, como innumerables chispas, las luces de la ciudad...

Elvira hubo de llevarse un pañuelo a los ojos para contener unas lágrimas. Ramón la interrogó:

—¿Qué te pasa?

La joven, trémula, con voz emocionada, dijo una respuesta de melancolía:

—Me da tristeza separarme de Barcelona. Parece que el corazón me dice que ya no la he de ver más...

VI

Un empleado, caminando junto al tren que acababa de detenerse, decía con voz de sonsonete un aviso que nadie atendía:

—¡Sagunto, diez minutos!

Hubo en el andén un confuso barullo de gentes. Casi todas las portezuelas de los vagones quedaron abiertas. Mientras unos viajeros descendían apresurados para unirse al pelotón nervioso y gritador que se agolpaba frente al mostrador de la cantina, otros corrían prestos hacia el departamento de la estación donde pudieran realizar perentoria función higiénica. Y en el andén era un ir y venir de gentes que entraban o salían de los coches con ese típico apresuramiento de

pdf 6

las estaciones ferroviarias. Algunas caras soñolientas asomadas a las ventanillas del tren, después de una noche de amodorramiento, miraban silenciosas el estruendoso rebullir de la multitud.

Elvira y Ramón, que acababan de abandonar el coche en el que habían realizado el viaje desde Barcelona, salieron de la estación del Norte y se encaminaron a la de Aragón, que se hallaba a poca distancia. En esta última había callada calma de quietud. No era hora de tren. Los andenes estaban solitarios, los bancos como abandonados... Hasta aquel lugar llegaba el rumor de gentes de la otra cercana estación, en la cual acababa de sonar una campana en rotundo avisar apremiante. Oyóse el estridente pitar de la locomotora y el ruido del tren, que poníase en movimiento. Pronto el silbato sonó lejos, como en una despedida postrera...

Ramón interrogó a un señor de uniforme azul y gorra galoneada que estaba sentado en la puerta de la estación:

—¿Será usted tan amable que me diga a qué hora pasa por aquí el tren que va hacia Teruel?

El señor del uniforme miró a los recién llegados con gesto de extrañeza y respondió sonriendo:

—¡Pues casi nada tienen ustedes que esperar!... Hasta las dos no llega ese tren.

Y terminó, mientras para hablar con más certeza consultaba el reloj que había sacado de un bolsillo del chaleco:

—Son ahora las ocho menos cuarto... conque calculen ustedes...

—En este caso —dijo Ramón a Elvira— lo que podemos hacer es ir a almorzar y luego, haciendo tiempo, daremos un paseo por la población. ¿Te parece?

—Lo que tú quieras.

—Pues vamos ya.

Y se despidieron del empleado.

—Usted lo pase bien, señor.

—Y perdone que le hayamos molestado.

—Nada de molestia —respondió el hombre—; vayan ustedes con Dios.

Los dos amantes penetraron en Sagunto, aventurándose por la primera calle que se les presentó a la salida de la estación. Hallaron al paso una tienda de comestibles. Ramón, al disponerse a entrar en aquel establecimiento, invitó a Elvira:

—Aquí podremos almorzar.

Pero la joven opuso una displicente negativa:

—Mira, chico; yo no quiero comer nada, no tengo apetito...

—¿Y vas a estar en ayunas tantas horas?

—Claro que sí. Por eso no me moriré.

Y añadió:

—Tú entra si quieres; cómprate lo que te parezca. Yo aquí te espero.

—Bueno, mujer —contestó Ramón, algo extrañado de las palabras de Elvira—. Espérame un momento, porque yo sí que siento ganas de comer.

Y entró en la tienda. Elvira quedóse en la calle, esperando. Transcurridos unos momentos salió Ramón del establecimiento, portando entre las manos un gran trozo de pan abierto por un corte que formaba una profunda hendidura, dentro de la cual, como aprisionado entre las tapas de un libro, rezumaba la pringue aceitosa de un condimento de fiambre.

—Supongo que no querrás que me coma esto en mitad de la calle.

—Pues podemos ir a las afueras del pueblo y, paseando, almorzarás...

—También tienes razón. Andando.

A un transeúnte le interrogaron:

—¿Por dónde podríamos salir más pronto al campo?

El desconocido respondió solícito, mientras les indicaba una próxima bocacalle:

—Precisamente si van ustedes por esa callejuela, encontrarán al final un camino que les llevará al teatro romano.

Hicieron lo que aquel hombre les dijo. Recorrieron la calleja, cuyo final coincidía con el nacimiento de un camino estrecho y pedregoso que, en sinuosidades y revueltas, subía por la ladera del monte, en cuya cumbre aparecían los muros de un viejo castillo.

Elvira y Ramón ascendieron por aquel camino y muy pronto arribaron al lugar en donde se conservan las ruinas del teatro romano, unas ruinas venerables como restos inertes de una ciudad muerta.

La muchacha no pudo reprimir una infantil exclamación admirativa:

—¡Qué bonita es esta! ¿Verdad, Ramón?

Éste dijo, adoptando actitud de hombre sabihondo:

—¿Tú sabes la historia de todas estas ruinas?

—¿Y tú?

—Yo sí. La he oído referir.

—Pues cuéntala —instó Elvira alborozada—. A mí me gusta saber de estas cosas.

Ramón, sentándose sobre una roca, indicó:

—Ven; siéntate a mi lado y cuéntame, cuéntame...

Ramón fue a sentarse junto a su amante. Y mientras, con trazas de buen apetito, mordía a grandes bocados el almuerzo, comenzó a decir el relato fantástico e irreal que el vulgo equivocado expone cuando habla del que fue teatro romano.

—Pues verás: esto, aunque le llaman teatro, no era semejante cosa. Esto era un circo...

Y siguió disparatando. Allí era donde luchaban los gladiadores; por aquella puerta sacaban a los cristianos que habían de ser devorados por las fieras. Por aquella especie de cueva desaparecían los muertos en racimos, arrastrados como hoy se hace en las plazas de toros con los despojos de reses y caballos; allí es donde se sentaba el pretor...

Elvira, que se había fijado en la forma semicircular del recinto, manifestó una duda:

—Oye, Ramón. ¿Pues cómo no hay más que medio circo?

—Mujer —replicó Ramón sonriendo, como quien oye decir una tontería a un necio—, por eso se llaman ruinas; porque ya no queda más que lo que ves. La otra mitad ha desaparecido como ya ha transcurrido tanto tiempo...

Los dos amantes cesaron en esta conversación para ellos poco interesante. Atraídos por la grandiosidad del panorama, callaron un momento y quedaron admirando lo que ante su vista se ofrecía. Arriba, la cúspide del monte, rematado por el castillo; abajo, junto a la base de la montaña, estaba Sagunto, silencioso, tranquilo, como una población callada; luego, la campiña apacible y solitaria; más allá, los montes de Almenara; y ya en el fondo, las montañas de Peñagolosa y pequeña parte de la Plana, entre cuyos bosques de naranjos surge orgullosa, señorial, la ciudad de Castellón. Al lado derecho, y a poca distancia de Sagunto, se iniciaba el mar, que como una faja irisada y brillante, cuyo color azul de cobalto se confundía con el claro azul del firmamento sin nubes. El sol, potente, fulgurador, envolvía todo en la magia de su luz intensa y adormecedora...

Ramón, señalando hacia un lugar en donde se entrelazaban varios montes, dijo a Elvira:

—¿Ves?... Por detrás de aquellas montañas pasaremos para ir a tu pueblo.

Elvira, repentinamente, hizo un brusco gesto de contrariedad. Después dijo en súplica:

—Yo no quisiera ir a mi pueblo. Preferiría marchar a Valencia.

—¡Cómo! —exclamó extrañado Ramón—. ¿Pero estás loca? De manera que emprendemos el viaje desde Barcelona para ir a Gea, ¿y ahora quieres que vayamos a Valencia? ¿Qué se nos ha perdido a nosotros en Valencia?

La joven no respondió. Con aspecto entristecido quedóse mirando al suelo. Ramón la interrogó:

—Pero vamos a ver, ¿qué te pasa?

Elvira, por toda respuesta, dijo como una tímida observación:

—¿Me lo prometes?

Ante aquella alarmante manifestación sobresaltóse el hombre y conminó a Elvira a que explicase:

—¡Claro que lo he de saber! ¡No faltaba más!... ¡De aquí no saldremos hasta que no me cuentes todo lo que te pasa! ¡Conque habla!

—Es que —musitó Elvira— no me atrevo...

—Es necesario que te atrevas, porque ya me has puesto con cuidado.

Elvira advirtió:

—Pues si quieres que te lo diga, prométeme que no me has de abandonar nunca.

Ramón, indiferente, como quien en prometer no repara, contestó:

—Te lo prometo.

—¿Aunque lo que te cuente no sea de tu agrado?

—Aunque así sea.

—Pues oye.

Y Elvira, con voz balbuciente de miedo, dijo a su amante una confesión. Sí, sí; ya no podía esperar más; no quería ella que pudiera decir él que le había engañado. Ya era llegada la hora en que ella le dijese lo que había hecho.

Y muy deprisa, escupiendo rápidamente las palabras, como si éstas le quemaran los labios, contó a Ramón el robo que ella había cometido.

Ramón quedó estupefacto ante la gravedad de lo que la joven acababa de comunicarle.

—¿Y por qué has hecho eso? ¡Di!

Elvira respondió rotunda, firmísima:

—Por ti.

—¿Estás en tu juicio? ¿Qué es lo que has dicho? ¿Que por mí?...

Y agarrando violentamente a Elvira por los brazos, la zarandeó como a un pelele, mientras la conminaba:

—¡A ver! ¡Pronto! ¡Dime qué misterio hay en todo esto; porque de lo contrario!...

Elvira, que ante la actitud de Ramón había quedado anonadada, comenzó a lloriquear, mientras entre sollozos y gimoteos iba explicando a Ramón. Ella le quería mucho, muchísimo, de todo corazón; y al enterarse de que él era casado y de que tenía hijos, sintió miedo, un miedo horrible a quedarse sin su Ramón...

Se interrumpió unos instantes, porque ya el llanto le ahogaba, impidiéndole hablar.

Ramón, implacable, le instó:

—Sigue.

Elvira, dificultosamente, pudo continuar. Como ella no quería a nadie más que a Ramón y con éste no le era posible contraer matrimonio, pues había de dar por perdida la herencia, que sólo en caso de boda podía ella adquirir, y temiendo que él la abandonase, quiso poner en práctica el plan que tenía concertado de instalar un bar en Valencia. Por eso fingió ella que ya estaba arreglado lo de la herencia; mas como esto no era cierto, para ocultarlo y para adquirir dinero con que verificar el viaje y atender a los primeros gastos del bar, había cometido el robo.

(Continuará.)

7-9 pdf

José Fernández Serrano

“UN TOGADO”

### CRIMEN EN MANUEL

Ramón, que había ido exasperándose mientras Elvira hablaba, estalló de pronto:

—¿Pero cómo eres una mala hembra? ¿Y cómo has querido perderme? —insultó, acompañando las increpaciones con ademanes de amenaza—. ¡Animal! ¿Es que tú creías que de robar y que no se enteraría nadie? ¡Más que bestia!... Si no fuera por mi...

Enronquecido, añadió en tono de decisión:

—Por supuesto que yo en el primer tren que pase para Barcelona me largo. Y aquí quedas tú para componértelas como puedas.

Elvira reaccionó, irguiéndose y adoptando una repentina actitud de energía.

—¡Cómo! ¿Pero serás capaz de abandonarme?

—¿Que si seré capaz? Ya verás tú.

Púsose en la misma decidida actitud que Ramón, y ya denodada, heroica, dispuesta a agotar el último recurso, anunció su propósito.

—Eso no, no y no. Aunque me mates, antes prefiero verme muerta que separarme de ti. Si tú llegas a dejarme sola, me presento a la autoridad, denuncio el robo y digo que tú has sido cómplice.

Ramón se abalanzó contra Elvira y, agarrándola por el cuello, la amenazó furioso:

—¡Ah, mala pécora! ¡No te creía tan infame!... Pero yo te arrancaré la lengua para que no puedas decir esa canallada...

Elvira, forcejeando, logró desasirse de su amante, y conservando esa serenidad estoica, fría, de las mujeres cuando cesan en las súplicas y ya nada temen, dijo a Ramón:

—Dos resoluciones te quedan: o no abandonarme o ir a presidio. Elige.

Ramón rugía, trémulo de indignación.

—¡Te mataré! ¡Te mataré!

—Bien —respondía Elvira con irreflexiva tranquilidad—. Si me matas, también irás a la cárcel. Por ese lado no te librarás de mi venganza.

Ramón quedó aterrado. Era verdad lo que aquella mujer decía. No le quedaba a él más remedio que seguirla.

Y quedó mirando con ojos de furia a aquella joven que frente a él estaba. Y de repente sintió hacia ella una aversión instintiva, inmensa; un odio brutal y dramático; un odio infinito, ese odio reconcentrado al obstáculo insuperable. No, no podía vivir nunca con aquella mujer. La detestaba toda y en cada una de sus manifestaciones. Le aborrecía los ojos, la boca, el busto, el cuerpo, la voz, toda ella, y la aborrecía con rabia íntima, homicida, con rencor inhumano.

Y mientras Elvira callaba esperando una decisión de Ramón, éste pensó una idea cruel. Sí, la mataría. Pero ¿cómo? Había que hacer las cosas bien. Aquella mujer estaba ya sobre aviso. Era necesario engañarla. Ya haría él por encontrar una ocasión propicia para realizar su propósito.

Y al mismo tiempo lamentábase Ramón del alcance que habían adquirido sus relaciones con Elvira. ¡Maldita fuera su suerte! Él, que tan sólo se había propuesto tocar con Elvira y apoderarse del dinero de ésta... ¡A qué situación había llegado! O abandonaba a Elvira, en cuyo caso la joven cumpliría su palabra de delatarle, o abandonaba él a su mujer e hijos...

Otra vez se reafirmó en la idea de antes. No, no. ¡Era matarla el único medio que veía de librarse de Elvira; pero antes había que confiarla!

Y recobrando Ramón un gran esfuerzo de voluntad para poder fingir, se encaró con Elvira y con voz sumisa le mintió unas frases:

—Bueno, Elvira; lo he pensado bien. Perdóname el arrebato que me ha llevado antes a ofenderte. Y es que como tengo este genio tan irreflexivo... Yo sólo te quiero a ti y estoy dispuesto a no abandonarte jamás. De manera que podemos marchar a Valencia o donde tú quieras. Donde sea, te seguiré.

Nada hay que alucine, que engañe más pronto a una mujer que unas palabras de cariño dichas por el ser a quien ellas aman. Las creen por ilusión, por necesidad. Elvira, confiada, sin recelo, quiso creer lo que Ramón acababa de decir. Sin embargo, por fórmula de mimo, le interrogó mirándole arrobada:

—¿De veras, Ramón? ¿No me engañas?

Él, cauto, ladino, respondió:

—De veras. ¿Te he engañado alguna vez?

Cogidos del brazo, como la pareja más feliz y dichosa, emprendieron el descenso hacia Sagunto. Durante el camino hallaron en la roca un boquete, como la oscura entrada de una cueva. Elvira, curiosa, propuso a su amante:

—¿Quieres que nos asomemos para ver qué es esto?

Ramón aceptó. Penetraron. Un hálito fresco de humedad se notaba allí. Era, sin duda, aquel lugar una de las galerías subterráneas del antiguo teatro. Todo estaba en ruinoso estado, desmoronándose. Por la bóveda, de trecho en trecho derrumbada, entraba por unos agujeros como boquetes la luz del día, alumbrando la tétrica oscuridad de aquel lugar tenebroso, en que sonaban lúgubres los pasos de los amantes.

Por la mente de Ramón cruzó una idea de tragedia. ¡Si se atreviera allí!

Un murciélago se desprendió de una oquedad de los muros y, tambaleándose en torpe revolar de aturdimiento, escapó al exterior por uno de los boquetes.

Elvira se apretó contra Ramón.

—Tengo miedo. Salgamos de aquí.

Y en instintivo movimiento de acogimiento unió su cuerpo contra el de Ramón. En éste surgió el poderoso acicate de la carne, haciéndole olvidar por un instante odios y rencores; la bestia humana, lujuriante y febril, despertó inopinadamente. Sin poderlo remediar, buscó Ramón con su boca los labios de Elvira y a ellos quedó asido en un beso inacabable. Rodeó el talle de la joven en un abrazo de goce. Y unidos, estrechándose en placer delirante, rodaron por el suelo. Y en aquel lugar tenebroso, oscuro y frío, poblado de alimañas asquerosas, estremeciéronse Elvira y Ramón en un supremo espasmo sensual...

(Continuará)

VII

—Nos apearemos en Játiva.

Elvira, sometida a la voluntad de su amante, dijo:

—Bien; donde tú quieras.

—Lo digo —añadió él— porque en Manuel me conoce mucha gente y no conviene que me vean; sobre todo yendo contigo. Como yo he vivido en este pueblo, pues lo mismo a mi mujer que a mí nos han tratado mucho.

La joven objetó:

—¿Y siendo así, no podríamos evitar el tener que ir a Manuel?

—No —respondió Ramón—. ¿No ves que para embarcar hay que presentar ciertos papeles que sólo pueden proporcionarme en el pueblo?

Elvira quedó satisfecha con la explicación que le había dado Ramón. Además, no quería ella en modo alguno entorpecer la realización del plan que con su amante había concertado. Iban a embarcar para Buenos Aires. Allí, con el dinero que les restara del viaje, explotarían una modesta industria cualquiera y vivirían contentos, siempre juntos, ¡siempre juntos! Por fin iba a ver ella realizada la gran ilusión de su existencia.

Marchaba el tren en avance vertiginoso y trepidante. Una lucecita oscilante, aprisionada en un fanal adosado al techo del vagón, alumbraba vagamente el interior del departamento en el que Elvira y Ramón estaban como únicos viajeros. A través de las ventanillas del coche se divisaban los campos solitarios. De vez en cuando algún árbol próximo pasaba raudo como un monstruo.

Ramón, precavido, en voz baja interrogó a Elvira:

—Para evitar sospechas de que llevas tú el dinero, tráelo y lo guardaré, y de él iré satisfaciendo los gastos que se originen.

Elvira desabrochó la cinta de terciopelo que cubría su busto y, buscando dentro del corsé, sacó un envoltorio y lo dio a Ramón.

—Toma. Ahí está todo.

Ramón deshizo el envoltorio de papel y contó el dinero, que consistía en billetes de Banco con mil quinientas pesetas... dos mil... tres mil... y terminó diciendo en alta voz:

—Tres mil cuatrocientas veinticinco.

—Yo —dijo Elvira— me figuraba que encontraría más dinero. Y puede que en el cajón del despacho hubiese más... Lo que es que con la precipitación...

El hombre continuó registrando.

—¿Y las alhajas?

—Aquí las guardo.

Y la joven mostró una pequeña bolsa de tela.

—Dámela también —dijo Ramón.

Elvira se la entregó. El hombre lo guardó todo en uno de los bolsillos interiores de la americana.

El tren seguía avanzando veloz por la nocturna soledad de la campiña.

Ramón miró el reloj. Las ocho y media. Pronto llegarían ya a Játiva. Luego —pensó— irían a pie desde esta población a Manuel por la vía del ferrocarril. En aquel trayecto había tres puentes, en uno de los cuales acabaría la historia de Elvira... Un empujón y todo concluido. Al día siguiente aparecería en el fondo del río o de un barranco el cuerpo destrozado de la joven... ¿Un suicidio? ¿Una desgracia?... Nadie sospecharía de Ramón Gil Casasús; su presencia en aquellos parajes era ignorada. ¡Magnífica idea se le había ocurrido! Y perverso, despiadado, se refocilaba Ramón en su futura obra criminal.

Ya hacía un buen rato que el tren había salido de Játiva y se había perdido en la lejanía, rastreando en la oscuridad como un gusano de luz, cuando Elvira y Ramón emprendieron a pie el viaje hacia Manuel. Iban el uno al lado del otro, conversando amigablemente; ella, tranquila, confiada; él, procurando ocultar cierta leve inquietud que le desasosegaba.

—Oye, Ramón: ¿dices que en Manuel te conoce mucha gente?

—Ya lo creo. Yo, además de ser nacido cerca de allí, he vivido en ese pueblo hasta que me trasladé a Barcelona con mi familia.

—Entonces —preguntó Elvira—, ¿cómo nos las arreglaremos para que no nos vean en el pueblo?

Ramón, que estaba decidido a matar a Elvira antes de llegar a Manuel, contestó súbito con palabras evasivas:

—No te preocupes, mujer. Eso es cuenta mía.

Así llegaron al primer puente. Ramón advirtió a Elvira, como dándole un consejo:

—Anda tú delante. Porque si vienes detrás de mí, puedes turbarte y caer.

—¿Por qué es?

—Mujer —replicó inquieto Ramón—, yo no sé por qué; pero es así: los pasos del de delante suelen entorpecer la marcha de quien anda detrás.

—No lo sabía.

Y Elvira entró en el puente primero que su amante. Avanzaron por un pasadizo que en el centro faltaba. Así pasaron al otro lado sin que Ramón se decidiera a realizar su intento. No había que apresurarse. Aún quedaban dos puentes.

Arribaron al segundo. Entraron en él. Ramón, a los pocos pasos, sintióse decepcionado. El puente tenía poca altura. Si por allí arrojaba a Elvira, era casi seguro que ésta no moriría. A lo sumo, alguna pierna o algún brazo tronchado; esto no era suficiente. Y Elvira salió incólume del puente segundo.

Siguieron caminando en la soledad. Ladró furioso el perro de alguna alquería.

Llegaron al tercero. Era una construcción reciente. Sobre la enorme profundidad de un río tendíase el enmarañamiento de hierros formando el puente, que era como un estrecho callejón limitado por dos altas verjas a guisa de barandillas, por entre cuyo enrejado de barrotes cabía perfectamente el cuerpo de una persona. Junto a una de estas barandas tendíase un paso insuficiente y peligroso de transitar.

Elvira, antes de entrar, opuso una exclamación temerosa:

—¡Uy, qué alto que está esto! Yo no paso por ahí.

—Vamos, mujer —replicó Ramón impaciente—, no hay más remedio que pasar.

—¿Y si me caigo?

—Yo te aseguro que no caerás. Tú anda sin miedo, que a la menor vacilación yo te detendré.

Confiada en la futura ayuda de su amante, entró Elvira en el puente y comenzó a andar con paso corto y tímido.

Ramón tras ella, preparándose para lanzarla a través de la barandilla. Miró en todas direcciones: silencio, oscuridad. Nadie andaba por allí a aquellas horas. La ocasión era inmejorable. Bajo sus pies, el abismo parecía incitarle...

En este momento, Elvira paróse repentinamente, inesperadamente, y volviéndose hacia Ramón, a éste se abrazó con fuerza, con ahínco, como se agarra un náufrago al primer objeto que puede asir.

—¡Ramón! ¡Por Dios! ¡Sálvame, sálvame!

Estaban en el centro del puente. Desde allí en adelante faltaba la barandilla. Por lo visto, estaban reparando aquel trozo. Elvira, al verse indefensa al borde mismo de aquella profunda sima, sintió que ésta la atraía con la mágica fuerza de un poder sobrenatural. Las piernas vaciláronle; los ojos, desmesuradamente abiertos, comenzaron a perder la vista; sintió en la cabeza una extraña turbación de mareo; el vértigo de la altura la dominaba. Y aún como había podido volverse, acogiéndose al amparo de Ramón. Éste pensó una maldición. Su plan se había truncado. ¡Ya no podía matar allí a Elvira! De arrojarla, caería él con ella.

Y no sólo no le fue posible lanzarla a la profundidad, sino que para andar él hubo de coger en brazos a Elvira, que de él no se desprendía, y pasarla al otro lado del puente.

Ya en salvo, dio las gracias la joven a su amante.

—Muchas gracias, Ramón mío. ¡Ay! Hubo un momento en que me vi perdida.

—La verdad —respondió Ramón, desolado por el fracaso—, que si no es por mí...

La joven interrogó:

—Y ahora ¿qué hacemos? ¿Continuamos hasta Manuel?

Quedó Ramón pensativo. Eso decía él: ¿qué hacían? Porque él nunca pensó en la contingencia de que Elvira viviese después de pasar los tres puentes. Pero ya no había remedio. Irían a Manuel; allí tenía él un primo hermano que era hombre decidido para todo.

Le contaría lo que pasaba, y entre los dos...

Era indispensable que Elvira no viviera muchos días.

Quizá a aquellas horas ya en Valencia estuvieran avisados desde Barcelona, y buscaran a Elvira. ¡Si le encontraban con él!

Y ordenó a la joven:

—Anda; vamos a Manuel, que ya estamos muy próximos a llegar.

Efectivamente, a no mucha distancia se distinguía entre las brumas de la noche la silueta irregular de un pueblecillo, sobre el cual se erguía enhiesta, dominadora, una torre puntiaguda...

VIII

Ramón, deseando hablar a solas con su primo Eduardo, ordenó a las dos mujeres:

—Haced el favor de salir un momento.

—Sí —afirmó Eduardo para mejor engañarlas—. Es que vamos a tratar de ciertos documentos que he de entregar a éste.

Elvira y Josefina, esposa de Eduardo, abandonaron la habitación, mientras refunfuñaban unas palabras de protesta.

—Pues estaba bueno aquello. ¡Caramba cuánto secreto! ¡Ni que se tratara de asesinar a alguien! ¡Jesús! ¡Qué noche de misterios!

Ramón, autoritario, mandó rotundo:

—Menos palabras y ¡fuera de aquí!

Las dos mujeres obedecieron. En cuanto Ramón y Eduardo quedaron solos en la habitación, sentáronse muy próximos el uno del otro y empezaron a conversar en voz baja. Eduardo fue quien comenzó:

—De manera que, según me has contado, necesitas deshacerte de esa mujer.

—Sí; pero ya te he dicho que no me atrevo.

Y añadió con rabia, como increpándose a sí mismo:

—¡Soy un gallina! ¡Un cobarde!

Eduardo incorporóse de la silla, fue hasta la puerta de la habitación, miró al exterior por si alguien se aproximaba. Ya tranquilo, tornó a su asiento y fríamente, serenamente, musitó al oído de Ramón unas palabras terribles:

—Eso está hecho.

—No te preocupes. Escucha.

La lucecita del quinqué de petróleo que alumbraba la estancia crepitó en un chisporroteo agorero. Eduardo continuó hablando:

—De aquí a un par de horas ya no hay en el pueblo alma viviente que no esté durmiendo. Sacamos a Elvira al campo, diciéndole que vais a tomar el tren en la estación de Puebla Larga. Yo iré a acompañaros...

Se interrumpió un momento para otra vez mirar hacia la puerta en escrutación cautelosa. Y siguió:

—Llegaremos a un lugar muy solitario que yo conozco. Allí hay una noria. Matamos a Elvira, la tiramos luego por el boquete de esa noria... y terminada la función. ¡Más fácil!

Ramón quedó pensativo. Eduardo, cínico, amoral, interrogó como esperando un favorable comentario:

—¿Eh? ¿Te parece si tengo talento?

Una leve mariposilla blanca danzó como atontada en torno de la luz; en uno de sus revoloteos en espiral cayó por el tubo del quinqué, y el cuerpecito blanco y tenue de la mariposa desapareció abrasado en la llama, la cual por un instante oscurecióse, lanzando un hilillo de humo negro y fúnebre...

Ramón preguntó a Eduardo:

—Oye, ¿y cómo mataremos a Elvira?

—Pues muy bien. Con unas cuchilladas, arreglado.

—No, no. Confieso que no me atrevo. Con arma blanca no me siento capaz.

—Bueno; como tú quieras. Utilizaremos armas de fuego. Más escandalosas son las pistolas; pero, en fin, cuenta tuya es.

Elvira y Josefina llegaron corriendo y riendo hasta la puerta del cuarto y avisaron a los hombres:

—¡Eh! ¿Pero hasta cuándo iba a durar la conferencia? ¡Acabad pronto, porque la cena estaba ya humeando allá sobre la mesa del comedor!

Ramón advirtió:

—Es cuestión de un momento. Id al comedor, que en seguida vamos nosotros.

Las mujeres, jóvenes las dos e ingenuas, que se habían hecho en pocas horas muy amigas, se fueron brincando y retozando como habían venido.

Ramón, muy precavido, preguntó a su primo:

—¿Tú has dicho que conoces el terreno donde va a ser el hecho?

—Sí, hombre, sí.

—Es que —insistió Ramón— lo mejor sería que, pretextando cualquier excusa, fueras a ese lugar y te cercioraras bien. No vaya a ocurrir algún contratiempo.

Eduardo contestó enfurruñado:

—Pero ¡cómo te he de decir que me sé de memoria aquel pedazo de campo!

Y, gráficamente, indicando sobre el piso de la habitación como sobre un mapa, explicó una demostración:

—Mira: hazte cuenta de que aquí está el camino; aquí una senda; hacia la izquierda la vía del tren; un poco más abajo una plazoleta y allí la noria.

Y terminó funesto:

—Ya te digo que no te tengas que preocupar. Esa desaparece esta noche y ni Cristo dará ya con ella...

—Está bien —dijo Ramón—. Vamos pues a cenar. Y mucho disimulo, ¿eh? Que esa es muy lista...

Entraron en el comedor. Las dos mujeres ya estaban sentadas junto a la mesa.

Elvira riñó a Ramón con unas palabras de amable reproche:

—¡Caray, Ramón! ¡Poca prisa tienes en cenar! ¡Cómo se conoce que has comido bien esta tarde en Sagunto! Yo estoy en ayunas como yo...

Todos se sentaron. Y la cena comenzó. Ramón, mientras engullía, dijo a Elvira una noticia:

—¿Sabes que ya está todo arreglado? Dentro de aquí un rato iremos a pie a coger el tren en Puebla Larga y mañana en Málaga ya podremos embarcar.

Elvira empezó a hacer aspavientos de alegría.

—¿Sí? ¿De veras? ¡Gracias a Dios que voy a ser feliz!

Tan arranques de extraordinario contento, abrazaba y besaba a Josefina, que estaba junto a ella.

—¡Qué dichosa soy! ¡Qué dichosa soy! Yo en este momento no me cambiaba por la reina de España.

Era una noche clara, tranquila y apacible. En el fondo negro del infinito brillaban titilantes las estrellas como minúsculos puntos luminosos. La luna, aparentemente quieta, parecía un fanal suspendido en el espacio por hilos invisibles. Descansaba el campo augusto.

Por un sendero caminaban tres personas: Elvira, Ramón y Eduardo. Ella, entre los dos hombres, andaba retozona, alegre, parlanchina.

—Oye, Ramón: ¿tú has embarcado alguna vez?

—Yo no.

La joven se encaraba con Eduardo.

—¿Y usted?

—Sí, señorita. Yo ya he estado en América.

—¿Se marea usted en el trayecto? —preguntó Elvira.

—Un poco los primeros días de navegación.

—Pues yo creo que me marearé una barbaridad —decía Elvira—. ¡Valiente cara voy a poner yo cuando esté mareada!

Y reía, dichosa, pueril como una loca; reía como ríen los niños dichosos y contentos.

Así llegaron a un lugar solitario. Eduardo se adelantó y al mismo tiempo dijo a Ramón en voz baja un aviso breve:

—Aquí es.

Elvira preguntó curiosa:

—¿Pero es que vamos a descansar aquí?

Ramón, de improviso, agarró fuertemente a Elvira por un brazo y con voz bronca le dio un anuncio horrendo:

—Sí: aquí vas a descansar tú, ¡y para siempre!

Rápidamente sacó una pistola browning y disparó contra la cara de su amante.

Ésta quiso gritar y no pudo. Repentinamente paralizada por el terror, cayó de rodillas frente a Ramón y le tendió los brazos en angustiada actitud de súplica.

Ramón, imperturbable, apuntó otra vez a aquella linda carita que ya sangraba por una de sus mejillas, y siguió disparando hasta que Elvira derrumbóse de espaldas, cayendo pesadamente contra el suelo.

Una nube negra y espesa pasó por delante de la luna, ocultándola como si fuese un negro paño de muerte.

Eduardo, que impasible había estado contemplando la escena, aproximóse a la mujer caída para cerciorarse de si había ya fallecido. Ramón, sin andar, desde el sitio en que había hecho los disparos, preguntó:

—¿Qué, acabó ya?

—Todavía no —dijo el otro—; pero ya le queda poco.

Un ligero estremecimiento de agonía agitaba débilmente el cuerpo de Elvira; de su cara destrozada, roja de sangre, escapaba un leve estertor como un gemido del alma...

De pronto hubo en todo su cuerpo un encogimiento brusco, y luego quedó inmóvil.

Ramón y Eduardo cogieron el cadáver, lo alzaron del suelo y, conduciéndolo en brazos, le llevaron hasta el borde de la noria, pretendiendo hacerlo desaparecer por allí. Probaron a realizarlo. Ramón masculló una blasfemia:

—¡... en Dios y en toda la corte celestial!

El pozo de la noria era estrecho, insuficiente. El cuerpo de la joven no cabía por él.

Y Ramón, encarándose con Eduardo, le dijo unas iracundas palabras. ¡Ahora qué hacían! ¡Si le hubiera creído a él y hubiese venido antes a reconocer el terreno, no les hubiese ocurrido esto! ¡Maldita fuera su estampa! ¡Estaban perdidos!

Eduardo no se inmutó. Con acento indiferente dijo como una solución:

—Mira, no te desesperes. La dejamos a ésta por ahí. Si la encuentran, que la encuentren. Nosotros nos pondremos a salvo y en paz.

Ramón meditó. Era verdad. No había más remedio que fugarse.

Llevaron el cadáver de la muchacha, transportáronle a unos metros de distancia, y debajo de un naranjo le dejaron.

Luego, como dos sombras, desaparecieron entre el silencio de la noche.

Y el cuerpo ensangrentado de Elvira quedó abandonado, tendido boca arriba, con los brazos en cruz, como en última demanda de clemencia.

Tras la nube negra surgió otra vez la luna, una luna que desde lo alto presidía la noche, alumbrándola con luz muy pálida, muy triste.

EPÍLOGO

La justicia de los hombres fue implacable con Ramón y con Eduardo, a los cuales condenó a sufrir la pena de muerte.

Es el reducido patio del cementerio, un patio irregular, cerrado por blanqueada tapia de poca elevación. En el centro hay dos cipreses rígidos, enhiestos, puntiagudos. Esparcidas aquí y allá, en desordenada colocación, hay cruces de enterramientos: cruces de madera, cruces de hierro, cruces de piedra, cruces de mármol; las hay erguidas, plantadas, de reciente colocación; las hay inclinadas, lánguidas, en un principio de derrumbamiento; las hay caídas, en lamentable abandono... En el muro de la tapia aparecen alineados y numerados, como en estantería macabra, unos nichos en cuyo interior se deshacen putrefactos los cuerpos humanos...

Todo está en un silencio frío y augusto.

Clavada en tierra hay una crucecita pobre, de madera carcomida y maltratada por el tiempo. Bajo aquella cruz reposan en eterno descanso los hijitos de Ramón Gil Casasús. Dos desdichadas criaturitas que fallecieron sin poder recibir de su padre encarcelado ni la tierna despedida de un beso. Sobre la tumba de los niños han crecido unas florecillas blancas y tenues, como ilusiones de inocencia.

Junto a esta sepultura, bajo la tierra húmeda del patio, yace el cuerpo de Elvira Egido, la infortunada jovencita que murió por amar. Unas flores rojas, sangrientas, se alzan como ofrenda en aquel lugar mortuorio, donde olvidada de todos duerme Elvira el sueño infinito.

A impulso de la brisa suave, acariciadora, oscilan tranquilas, plácidas, las florecitas blancas y las flores rojas. Hay un instante en que, tras un movimiento de vaivén, se juntan las flores rojas y las flores blancas y quedan entrelazadas en abrazo, que es como un símbolo de amor, de paz y de perdón...

= FIN =

José Fernández Serrano

Subscriu-te a "Crims amb Historia" per rebre actualitzacions directament al teu correu
Crims amb Història

Subscriu-te a Crims amb Història per reaccionar

Subscriu-t'hi

Comentaris

Encara no hi ha comentaris. Sigues el primer a comentar!

Subscriu-te a Crims amb Historia per rebre actualitzacions directament al teu correu