Crims amb Historia

La Morgue de París (1)

Fulletons i relats per entregues 3

La Morgue de París (1)
La Morgue de París (1) Crims amb Història

En aquesta ocasió, recuperem el relat per entregues La Morgue de París, publicat a la secció “Crímenes y misterios” del periòdic Los Sucesos a partir del 5 de març de 1904.

Transcripció

Raro será el lector que no haya oído hablar de la famosa Morgue de París, de aquel depósito de muertos desconocidos; triste escenario donde se representa diariamente el último acto de tantas tragedias humanas ignoradas de casi todo el mundo.

La primera vez que entré en la Morgue, confieso que sentí una extraña impresión, no de miedo ciertamente, pero sí de algo semejante a un temor respetuoso que me hizo vacilar en el umbral, dominado por un violento deseo de alejarme de aquella casa mortuoria.

Una vez dentro, aquella impresión se desvaneció para dar lugar a una especie de fascinación que, desde el primer momento, ejerció sobre mí aquel lugar siniestro. Desnudos, sobre las mesas de mármol, yacían dos cadáveres para ser identificados, y a su vista sentí el deseo irreflexivo de forjarme una historia de la vida y de la muerte de aquellos desconocidos. Mi profesión de periodista me ha hecho volver posteriormente al recinto helado de la Morgue, y allí he presenciado escenas terribles y escuchado de labios del guardia de aquella casa relatos románticos o trágicas historias.

De entre las muchas que me contó aquel viejo espectador de la muerte, escojo una, que estoy seguro habrá de interesaros; es la menos repulsiva de todas las que tengo indeleblemente grabadas en mi memoria, y las circunstancias que se relacionan con esta tragedia se hallan rodeadas de un ambiente tan romántico, que en manos de un hábil novelista eclipsarían los más espeluznantes relatos escritos acerca de la Morgue.

Era en mayo de 1826, cuando entre la multitud de extranjeros que invadía París durante aquel mes de flores, llegó un joven inglés, instalándose espléndidamente en la plaza de Vendôme. Aunque su presencia atrajo durante algún tiempo la atención, continuó siendo un desconocido, no sólo entre la sociedad francesa, sino aun entre los ingleses de calidad que se encontraban por aquel entonces en París. Era, en verdad, un misterio. No frecuentaba ningún club ni comía en restaurante alguno de moda; no se mezclaba con las gentes que buscan el modo de divertirse ruidosamente; pero, por otra parte, no afectaba el más ligero orgullo y su actitud era de completa indiferencia hacia aquellos con quienes el azar le ponía en contacto. Que era de familia distinguida y rica, no cabía duda, porque aparte de sus modales correctísimos, sus coches eran los más elegantes que paseaban por el Bois de Boulogne, aunque sin ostentar marca alguna que pudiera poner sobre la traza de su personalidad. A más de esto tenía a diario su palco en el Teatro Francés y en el de la Ópera.

Aunque este raro personaje no afectara el menor misterio, pronto la maledicencia comenzó a esparcir las más extrañas historias en las que aquel representaba el papel principal, asegurando, especialmente las mujeres, que indudablemente algo vergonzoso resultaba, que con su hermosa presencia y su evidente fortuna no hubiera formado a su alrededor un extenso círculo de relaciones entre lo más selecto de la sociedad de París. Una semana después una pequeña luz vino, aunque débilmente, a aclarar su misteriosa situación.

Una mañana hizo su aparición en el Bois de Boulogne en su magnífico coche abierto. A su lado se hallaba sentada una mujer de soberana belleza. ¿Quién podría ser? se preguntaban todos. Desde luego no parecía pariente suya; al menos pariente muy cercana, porque entre ambos existía esa diferencia típica que distingue la raza anglosajona de la raza latina: él, un tipo perfecto de belleza varonil: rubio, de ojos azules y arrogante presencia; ella, morena, de cabellos negros como el ala del cuervo, y del mismo color eran sus ojos grandes, lánguidos, de profunda mirada… ojos como sólo los tienen las mujeres del Mediodía.

Los Sucesos, 5/3/1904

La aparición de la misteriosa pareja vino a aumentar la curiosidad general, que algunos llevaron hasta el extremo de hacer indagaciones cerca del Embajador británico; todo fue en vano. Nadie pudo descubrir la índole de relaciones que les unía. Pasaron los meses, y todo lo que pudo averiguarse fue que el joven inglés había llegado directamente de Venecia a París. Esta era la única noticia que había podido obtenerse de los criados. Su conducta no podía ser más tranquila y correcta: se les veía siempre juntos en su palco de la Ópera o del Teatro Francés; en coche o a caballo por el Bois de Boulogne, o paseando a pie, gravemente, por los bosques de Meudon o los jardines de Versalles. La sociedad de París fue poco a poco acostumbrándose a la presencia de los dos extranjeros y al misterio que les rodeaba, acabando por renunciar a la esperanza de descubrirlo.

Al comenzar el otoño volvió a París, después de larga permanencia en su castillo de los Alpes, un conocidísimo Marqués, anciano respetado y querido de la alta sociedad francesa, en la que siempre había ocupado preeminente lugar. La razón de su larga ausencia había sido su matrimonio en segundas nupcias con una finísima muchacha de dieciocho años, hija única de un antiguo amigo suyo, que hacía muchos años vivía desterrado de Francia.

La llegada de los recién casados produjo una deliciosa sorpresa entre el círculo de sus relaciones, y pronto la joven Marquesa vino a ser la reina de la moda en aquella ciudad. La diferencia de edad entre ambos esposos, puesto que el marido pasaba de los setenta, dio lugar a infinitos comentarios, cruzándose multitud de apuestas acerca del tiempo que duraría la fidelidad de aquella mujer joven, rica y encantadora hacia su decrépito marido. Entretanto, la sociedad en masa acudía a las fiestas que el viejo Marqués prodigaba en sus salones: bailes, banquetes, recepciones; nada faltaba en aquella espléndida casa, siempre abierta al placer y la alegría.

Inútil es decir que la linda Marquesa no amaba al hombre con quien había sido casada. ¿Y a quién podía esto admirar? Nadie ignoraba la historia de aquella boda. Todos sabían que un día fue llamada la muchacha al locutorio del convento donde se educaba, y allí, de buenas a primeras, su padre la presentó al que dentro de un mes había de ser su esposo. Muy joven, casi una niña, vio tan sólo en aquel anunciado matrimonio la bella perspectiva de abandonar el convento, de verse al fin libre de los sombríos muros de su prisión, y del cambio de la triste sociedad de las monjas por la brillante vida de París. Estaba, pues, en las mejores disposiciones posibles para entrar en el torbellino…

Y los acontecimientos iban formándose rápidamente, desconocidos aún de todos los actores que en aquellos momentos estaban desempeñando sus respectivos papeles en la comedia de la vida, comedia que pronto habría de convertirse en drama y luego en tragedia.

Era una noche de noviembre del año 1826. La sociedad más elegante de París había acudido, llenando todas las localidades del Teatro Francés, para admirar a la célebre actriz mademoiselle Mars en un drama escrito expresamente para ella, y en el cual desplegaba todos sus talentos de gran trágica. Allí es menester que el lector me acompañe con el pensamiento, para mejor seguir el curso de esta historia. En el teatro hay dos palcos, uno frente al otro, y en ellos debe fijarse cuidadosamente nuestra atención. En aquel de la derecha vemos una mujer de espléndida hermosura, con ojos negros como la noche; sus cabellos, de un tono tan oscuro que muestran reflejos azulados, los lleva recogidos con sencillez. Aunque vestida enteramente de negro, las joyas con que se adorna hacen que su traje resulte demasiado suntuoso aun para un gran teatro de París; pero realzan de tal modo su soberana belleza, que nadie, al verla, piensa sino en admirarla. Tal es la descripción de la signora Bianca, que tanta curiosidad ha despertado en París, y que se encuentra ante nosotros, en su palco, acompañada, como de costumbre, con el joven inglés.

Volvamos ahora los ojos hacia aquel otro palco, que comparte con el primero la atención de los espectadores durante los entreactos. ¿Qué vemos en él? Una lindísima muchacha. Tan linda y tan joven, que ni el tiempo ni la tristeza han escrito una simple línea sobre su frente de nieve. Sus hermosos cabellos, rubios como el oro, caen formando tirabuzones sobre sus blancos hombros; sus grandes ojos, de un azul intenso, forman raro contraste con las negras pestañas que les dan sombra. Su traje es blanco, y por único adorno lleva prendido a la cintura un ramo de rosas, menos frescas que sus lindas mejillas. Tal es el retrato de nuestra conocida la joven Marquesa. Y mientras esta se inclina sonriendo hacia su viejo marido, los gemelos de todos los espectadores van de un palco al otro y todos se preguntan cuál de aquellas tres mujeres es más digna de admiración: ¿la signora Bianca, la Marquesa o mademoiselle Mars, la actriz?…

Sin perder de vista esos dos palcos, bajemos ahora al patio de butacas. Esta localidad está, como todas las del teatro, atestada. De entre la multitud de espectadores que allí se agolpan, fijémonos en esos tres que están próximos a nosotros. Uno de ellos se hace notar por su rostro cetrino y sus ojos oscuros y penetrantes, sus cabellos negros y su espeso bigote. Su cabeza es hermosa, pero la ferocidad de su mirada le da un aspecto casi repulsivo. Está hablando en voz baja con sus dos compañeros, y cualquiera descubre fácilmente en su acento que es un italiano. Sus acompañantes tienen un villano aspecto, y bien a las claras se ve que se hallan fuera de su elemento y no tienen costumbre de vestir el traje que llevan. Dos filas detrás de ellos, se encuentra un hombre con el rostro cuidadosamente afeitado, que podría muy bien pasar por un tendero de una calle de segundo orden de la capital de Francia. Si tal creéis os lleváis chasco, pues nuestro hombre es uno de los más hábiles policías de París. No está allí, ciertamente, para disfrutar de la magnífica representación de mademoiselle Mars, ni para deleitarse con el espléndido golpe de vista que el teatro ofrece. Si le miráis atentamente, veréis que conserva sus ojos grises y penetrantes fijos en los tres hombres que acabo de describir; de vez en cuando lanza una rápida mirada al palco ocupado por el inglés y la italiana. La representación sigue su curso. El público aclama a mademoiselle Mars; todos los espectadores se sienten electrizados por la maravillosa actriz… excepto nuestros cuatro hombres de las butacas y la italiana y el inglés del palco.

(Se continuará)

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